lunes, 2 de diciembre de 2013

Sin nada que soñar;
                      sin nada que sudar
                                           [rendidas las palabras].

Seca la savia
       rotas las venas
              madera en el alma
                       óxido en las puntas de los dedos
                               invierno en la colcha
                                                      [desnuda de arrugas]
                               vapor de hielo en los cristales
                                                       [invierno en la estancia].


Espaldas frente a frente
                            [duelo de silencios]
               ayeres punzantes enredados a los pies de la cama.

Huellas de otoños estancos
mariposas exiliadas del estómago;

nudos huérfanos de un extremo
                                     [huído de la mano de promesas que suenan a cantos de sirena]


                                                                                       Eva López Álvarez




viernes, 29 de noviembre de 2013

Ginebra (capítulo VII)





Ginebra pensó –emoliente café en mano; ventanas con vaho, delatoras de la escarcha reinante en el exterior- que le gustaría ser tecla en una antigua Olivetti o, aunque sonaba menos romántico, tecla de un modernísimo teclado o, sumida en el pragmatismo gris al que la abocaba la realidad a diario, teclita de moderno Smartphone de esos que te hacen creer que las ilusiones caben en un bolsillo…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                         Me tocarían a diario. Me sabría buscada, necesaria. Parte imprescindible en el camino [angosto tantas veces] a una palabra [necesaria].

Ginebra se iba sintiendo crecientemente excitada imaginando cómo las yemas de los dedos de una mano, que no es sino apéndice ejecutor de un brazo [lo imaginaba decidido], que no es sino pared exterior del pecho que salvaguarda, que no es sino refugio de la tinta líquida [rojo, denso y viscoso] del alma que dicta las palabras que la hacen tangible, se deslizaban con un nuevo erotismo por aquel teclado buscando la letra precisa…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                         Cuando las yemas de los dedos de esa mano se acercasen, dos o tres teclas a la izquierda, una arriba, quizás, sentiría cómo los vértices de la “A” de anhelo se redondeaban deshaciéndose en una “a” de aleluya; sentiría cómo las curvas de la “B” de brújula se tornaban línea recta, corta como la “b” de bar que para ella era tertulia, confesión expuesta, el alma en bandeja…

Tecla. Quisiera ser tecla…

                         Rendida al tintineo [música en la partitura de las venas del que escribe] de las letras de metálico mármol (maleables como arcilla virgen) que se iban sometiendo a la voluntad de las palabras que nacían en la mente del dueño de aquellos dedos, aquellos brazos, aquel pecho, aquel alma que acariciaría su contorno y se recrearía en cada milímetro que conformaba la letra que precisaba para escribir aquella palabra que inundaba su espacio, su tiempo…

Se sentía a ratos vocal abierta que gritaba al mundo su vacío.

       Otrora consonante dental que hiciese eterno el umbral de la boca antes de abrirse. O labial, presa de un instante que eterniza un misterio.

      Vocal cerrada, como algunas celdas de su memoria…



Tecla.

  Quisiera ser tecla,
                   a la espera de las yemas de sus dedos.



                                                                                                                               Eva López Álvarez


jueves, 28 de noviembre de 2013


Mis manos,
             las que no pueden tocarte,
encierran un manojo de nubes
                                      [vapor de lágrimas lloradas en negro
                                                                      en el lagrimal de las ausencias]

Cubren ropajes tatuados con nuestras calles,
                                              las que jamás andamos juntos,
             mis tobillos en los que anudo las huellas de tus pasos,
                    el empeine en que escribo tu nombre con la tinta invisible de mis esperas,
                         los muslos,
                                    desnudos de mentiras.
                               mi vientre, preñado de los cuentos que habrán de ser nuestros.






                                                                                                               Eva López Álvarez



miércoles, 27 de noviembre de 2013


Hay abandono y belleza.
                        Y soledad.
                                Y abandono...

Promesas teñidas de rojo
                            [de ayer, el aroma].

Hay verdades y sombras.
                      Y soledad.
                             Y abandono...

Un lienzo esperando una mentira
                                  susurrada con tinta invisible a su desnudez.

Mil curvas que conducen a una recta
                                         acotado segmento;
                                                      mi piel marca el principio...
                                                                             tus dudas ... el final.

Hubo belleza...
                   Hay abandono...

                                                                                                            Eva López Álvarez


lunes, 25 de noviembre de 2013



Fumemos juntos;
                         tu a un lado de la mesa, yo al otro.

Juguemos a mirarnos indiferentes mientras asciente tu humo,
                                                       mientras asciende el humo que soy.

Juguemos a ignorarnos mientras se enredan a escasos centímetros de nuestras cabezas
                                                                             [frías, tal vez] tus humos con los míos;
                                     mientras se tocan, se funden, se mezclan,
                                                                                    se hacen el amor a la vista de todos...


Tu y yo podemos conversar incluso, pero notaré cómo soplas el humo de tu cigarrillo para que envuelva con mas fuerza la estela del mío y, en ese momento, te ayudaré con un suspiro [pareciera involuntario] que atraerá hacia abajo de nuevo el humo que soy para que vuelva a enredarse en el tuyo una y otra vez, una y otra vez. Tu embiestes con fuerza el humo que soy y yo atrapo con ganas la niebla que eres.

Pasará el camarero y, quizás, te remuevas agitado en la silla [escudo insondable tu piel]; me saludarán los conocidos de siempre, quizás me apriete fuerte el nudo en las tripas [escudo insondable mi piel]...

Fumemos;
               fumemos juntos...

                                                                                                                             Eva López Álvarez


Ginebra (capítulo VI)

Las manos entumecidas; y los pies profundamente doloridos a causa del frío. Condolido el cuerpo entero. La piel, frágil manta de escarcha.

Continuó andando, pero analizando el terreno; escudriñando cada cafetería desde la acera helada, hasta encontrar una que la llamase, que la invitase a entrar, que, de alguna manera, le contase una historia o quisiera escuchar la suya [esa llena de silencio(s)].

Los ojos de Ginebra se detuvieron en un quiosco; un quiosco de esos que emanan calor, ese calor vivificante, ese calor que abriga el alma, nacido de las páginas de los libros y revistas que custodian sus improvisadas puertecitas. Justo enfrente de él, al otro lado de la acera, había un café sin nombre; le daba exactamente igual que fuese bonito, acogedor, cálido, grande, pequeño, luminoso u oscuro. Todo el calor y toda la luz y todo el cobijo le vendría de aquel quiosco que exhibía poemarios de autores locales y mapas y guías y libros de cocina típica de la región. Se sentó en la barra, en un taburete desde el que contemplaba con todo rigor el frente de aquel quiosco; el escondido mostrador que protegía y salvaguardaba al dependiente de palabras, chuches e ilusiones, que frotaba sus manos junto a un calefactor cuyo calor se hacía tangible en medio del hielo cortante que reinaba en derredor.

El tiempo podría morir aquí, ahora, en este lugar, en este instante. No necesito mas. Apenas oía la voz del camarero que hubo de repetirle varias veces qué deseaba tomar.

- Disculpe - sonrió absorta. Un café solo, por favor. Largo, si es tan amable.

Cada vez se sentía mejor allí; no sólo observaba esos trocitos de las almas que taturaron las revistas, los libros, los manuales... también analizaba cada gesto, cada movimiento delator de los que se acercaban. Podía adivinar mucho de aquellos transeuntes que ralentizaban su paso o se detenían en el quiosco. Por el libro que tocaban, por cómo lo tocaban. Por la revista que habían elegido, por el periódico que se llevaban... Y veía algo suyo en cada uno de ellos.

Del chico del abrigo verde caqui y vaqueros terriblemente atractivos [... volvía a tener sed su piel] se quedaba con su manera de acariciar los libros que le gritaban al mundo (mudo) montones de palabras (llenas, densas, plenas). De la señora forrada en pieles engreídas se quedaba con la sonrisa, sonreía como si la vida y el frío y los lunes no fuesen con ella... Del anciano con sombrero y puro y abrigo de "señor de los de antaño" se quedaba con la amabilidad, esa que se está perdiendo, esa que dice por favor y gracias y abre la puerta y cede el paso... Del niño que tramaba un plan para escapar de su confortable y ultramoderno carrito anti-golpes, anti-frío, anti-vida real se quedaba con la ingenuidad intacta y la batería de los sueños por cumplir cargada al 100%.
Cuántas huellas dejamos sin darnos cuenta - pensaba mientras daba vueltas a la cucharilla para deshacer el azúcar de su café largo (como los días, como las noches). Las huellas que dejan tus ojos, las huellas que dejan tus pasos, las huellas que dejan tus gestos...
Reparó entonces en la barra sobre la que reposaban sus brazos. Estaba imprimiendo sobre ella otras tantas de esas huellas imborrables.
Andaría sobre esa barra; ahora mismo. Dándome igual cuanto piensen de mí. Dejaría en esta barra parte de lo que mis pasos [infructíferos] buscan. Caminaría con la cadencia del tiempo atada a las pulseras de los zapatos que cercan mis tobillos, como marcando un umbral [ojalá alguien se saltase esa norma y trepase umbral arriba...]. Pisaría con la certeza inequívoca que cantan los tacones [afilados como el mañana]. Giraría sobre sí misma y dibujaría [polvo mezclado con caucho] unos pasos de baile que habrían de contarle cosas al oído al que mañana ocupase ese taburete. Se dejaría vivir allí... arrastrada por los brazos de otras huellas que anduvieron antes por allí.

Se dejaría vivir...

                            - ¿Le sirvo algo más, señora? - inquirió el camarero...

Ginebra comprendió que debía llevar mucho tiempo allí para consumir tan solo un café...

                            - No gracias... ¿Me cobra, por favor?.

Mientras el camarero se alejaba en busca del cambio no se resistió y escribió en la barra [podría olvidar las llaves de casa, cualquier cosa pero jamás un bolígrafo] [...]" me dejaría vivir... aquí".
                                                                 



                                                                                                             Eva López Álvarez


viernes, 22 de noviembre de 2013

Con el alma a cuestas;
                       hecha añicos
                       [cicatrices visibles de invisibles ataduras].

Marcado el rumbo a manos de un puño tirano
                                                      [incorpóreo y pesado a la vez];
               hendido el pecho de afiladas palabras
                                                [sempiternamente vivas en tu piel mortecina];
deshechos los umbrales;
                 que más da cielo o tierra, bien o mal, amor o desamor, dicha o pena,
                                                                                     [monstruo atroz, la Pena].

Roto el cuerpo:
     manos que solo acarician acero impermeable;
     piernas que dejaron de enredarse en otras piernas formando un nudo infinito
                                                                         de sangres y besos                       
                                                                         y abrazo inmenso;
    ¿los ojos?: óxido hiriente, vestigio del llanto de entonces.

Arrugado el cielo; brumoso el suelo [inseguro y lejano]...
                                                           alienado el amor. Soledad reinante.


                                                                                                                  Eva López Álvarez