miércoles, 30 de octubre de 2013



No se qué ponerme hoy...
                           este frío atroz, de repente, como siempre en estas tierras de perenne color marrón; como el color de la costumbre...
                           este frío atroz que esta mañana me ha hecho sentir tan desnuda, mucho más allá de las prendas que envolviesen mi cuerpo; desnuda.

Y no sé que ponerme...

              si vestirte de ese amor quedo y tranquilo que, aun sin hacerte un nudo en las tripas, penetra en lo mas profundo y pinta de azul tus amaneceres, paridos de noches de cobertor beige;

              si vestirte,
                        tal vez,
                             de ese otro amor que no te lleva escrita en su piel, ni en el calendario de su alma, pero que, en cambio, el instante en que te mira no mira nada más; se olvida del mundo; queda sordo, mudo, ciego para cuanto no sea tu piel... y te hace olvidar los lunes; enero; y te arranca de cuajo los prefijos del des-consuelo, del des-encanto, del des-amor, del des-precio, del des-arraigo...

              si vestirte, por qué no, de ese otro amor que solo es carne (solo siente cuando toca).  Aquí y ahora (solo es presente).   Sin promesas (prometo este instante);

             si vestirte,
                      quizás,
                            de papel impreso con las palabras que cada noche sueña mi yo dormido de hastío. Amanecer y encontrarte así: americana impresa con los versos que nadie me dijo; pantalón que recita alguna frase de Cortázar que me deja sin aliento ("no haremos el amor; el nos hará"; "andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"); y sombrero que apunta a mi retina con frases de Galiano ("no puedo dormir, tengo una mujer metida en el ojo...le diría que se fuese, pero tengo una mujer atravesada en la garganta")...

Solo sé que tengo frío;
                             el abrigo, inerte, no emana calor.
                                                             Y no sé qué ponerte...


                                                                                             Eva López Álvarez
        




domingo, 27 de octubre de 2013


¡¡¡Entra!!!

Sitúate en el umbral; mira en derredor y ¡¡entra!!.
                                                                        Busca.
                                                                              Búscate.
No te sientas perdido. No te empeñes en ver circunvoluciones, sólo hay caminos; caminos a ratos diáfanos y claros, otrora estrechos, obtusos, oscuros y de difícil acceso. Sigue el mapa que guarda tu retina y ¡¡entra!!
               Busca.
                    Búscate.
Dicen los manuales que tengas cuidado con la amígdala
                                                               [especialmente sensible];
                                                                                        háblale al oído...
Tampoco te sientas frustrado si en tu camino solo crees encontrar glándulas, ganglios y núcleos; son los interruptores [olvidados a manos del tiempo] que esperan tu llegada. No sientas miedo si, confundido, le susurras una palabra al bulbo olfatorio... Mi cerebro es experto en sinestesias. No temas, puede reconocer el aroma de la tierra mojada aun cuando sólo esté en verde el cerebelo que, dicen, se entrega rendido a la música como mi alma a una palabra.

¡¡¡Entra!!!
No temas perderte.
                No temas equivocarte.
                                No temas herirme...
En algún núcleo secreto y mágico hay un pozo inacabable de tejido cicatrizal que pinta de blanco las heridas negras y devuelve amaneceres vírgenes a las noches yermas...

¡¡Entra!!

                                                                                                   Eva López Álvarez







Hacerte un nudo en las tripas;
             hilvanar tus deseos al bajo de la falda;
                           pegarle una quimera a cada hoja del calendario.

                                                                                                  Eva López Álvarez



viernes, 25 de octubre de 2013

Se miró al espejo con verdadero estupor...

- Necesito un cambio, urgentemente. Me cortaré el pelo.

Todo eso lo pensaba ausente, sin apartar sus ojos de la imagen que el espejo le devolvía. No le molestaba el flequillo. Ni tampoco el color. Ni siquiera el largo. Sus puntas estaban bastante dignas. Y, en cambio, un sudor frío de origen desconocido iba recorriendo cada milímetro de su piel, vestida solo con la luz tímida que anunciaba el día.

Tanto miró que sus ojos se perdieron [nada veía en ellos que le resultase real]; su nariz se difuminó hasta reducirse a nada y su boca [la recordaba elocuente] se fundió en una mancha de carmesí muerto sin nada que decir, sin nada que pedir, sin nada que regalar, sin besos que plantarle al mundo...

- Son mis raíces [que no mi pelo] las que necesitan un retoque; recortar las puntas que roban la savia de mis deseos. Arreglar el corte: se extienden a las inhóspitas tierras de las dudas. Marcar el peinado: un poco de serum que suavice las realidades.

¿Dónde coño se hará eso?.

                                                                                                                Eva López Álvarez


jueves, 24 de octubre de 2013


Abrigo;
         liviana gabardina;
                                short pequeño como las dudas respecto a sus ojos;
                                                 el placer de la primera manga tras el estío agónico.

Otra vez.

Bufanda;
         etéreo pañuelo alrededor del cuello [como una caricia];
                             mini minúscula como las dudas respecto a sus manos;
                                                 el placer del primer vaquero tras el verano asfixiante.

Otra vez.

Diecisiete años; tres coincidencias diarias (distintos horarios de salida). Durante dos calles. Luego el andaba unos metros mas mientras ella jugaba a que no encontraba las llaves de la oficina.

Lo despidieron.
                        PUTA CRISIS.

Le arrancó el sueldo; las huellas que dejaba en el asfalto; la calma que soldaba su piel a la almohada, cada noche. Lo dejó huérfano. De sus ojos, de su manera de caminar, de su sonrisa disfrazada de indiferencia.

Sin pequeños destinos diarios.
      Sin brújula en las tripas.
            Sin un mapa en las suelas de los zapatos.
                  Sin reloj en sus entrañas.
                       
Cuando terminó de vaciarse,
                                            [hueco entero de rabia],
                                                                                 se vistió con su traje de oficina y la buscó.
Primer semáforo. Segundo.
Su pulso comenzó a acelerarse.
La alcanzó al doblar la esquina de esa segunda calle. Después de diecisiete años la miró y le dijo:

- Nos hubiese ido bien. Lo sabemos los dos.

Tal vez alguna calle nos regale un encuentro...

                                                                                                            Eva López Álvarez

miércoles, 23 de octubre de 2013

Ella pensaba que al dormir se echan raíces.

Realmente, nunca deseó matarlo. Sólo que se quedase a su lado.
Pero amanecía y se levantaba, se afeitaba y se marchaba.

Aquella mañana amaneció muy pronto, se marchó muy pronto.

Realmente, ella no deseaba matarlo. Sólo que echase raíces a su lado.

Compró varias cajas de esas inocentes que se venden sin receta, llenas de perlas que cantan como sirenas al sueño cuando se empeña en zarpar.
Preparó una cena sabrosa que guardaba aquellas perlas deshechas a manos de aquel amor macabro.

Durmió. Ella lo miró toda la noche, esperando ver cómo crecían aquellas raíces rompiendo su piel, soldándola a sus sábanas.

Dormía.
            Amaneció.
                             No despertó.

Realmente, nunca deseó matarlo. Sólo que se quedase a su lado.


                                                                                               Eva López Álvarez



Ayer, cuando era una cría [feliz]; cuando no entendía nada; cuando el día y la noche eran lo mismo, en aquellos veranos (agonizaba el verano; pero yo no lo sabía) mi madre y las vecinas y amigas y familia, se reunían alrededor de una lumbre hiriente bajo el termómetro impío de agosto y hacían conserva de tomate.
                            Para todo el año.

                            Mágico ritual, torna imperecedero lo mortal, lo efímero, lo fugaz.

Me maravillaba observar aquel proceso, aquella destreza de las mujeres "escaldando" los tomates, aquella decisión cuando se trataba de la peligrosa tarea de sacar de la lumbre aquel gigantesco bidón con asas improvisadas repleto a rebosar de pequeños botes en los que el rojo gritaba lozanía eterna.

Hoy no me quito de la cabeza la delirante idea de hacer "conserva de emociones"; porque se me escapan, se me resbalan, se me caen de los bolsillos roídos de tiempo y costumbre.
Sería fantástico atrapar en tus tripas esos nudos que comienzan a deshacerse y guardarlos en uno de esos botes; cerrar con toda la fuerza que tu cuerpo [pareciera frágil, solo pareciera] sea capaz de generar y disponerla en uno de esos bidones. Acurrucarlo junto a otro botecito en que guardé esa otra emoción que se hacía polvo y se dispersaba por cada poro de mi piel. Ponerlos todos al fuego, al "baño María"... Esperar. Ordenarlos primorosamente en la despensa de mi alma.

Hoy ando escasa del nudo que te ata en la garganta la emoción de las palabras mudas. Podría ir a la despensa y coger mi botecito:
                                              "palabras que no escuchaste en conserva".

                                                                           Eva López Álvarez



                                           

martes, 22 de octubre de 2013




Me equivoco cada día,
                              a cada instante.

Me equivoco al despertar,
                             me equivoco cuando sueño.

Me equivoco en tus manos y …
                             me equivoco en tu ausencia.

Me equivoco contigo;
                            me equivoco sin ti.

Me equivoco en la distancia y
                           me aturde tu proximidad.

Me equivoco en las palabras y en los silencios.

Me equivoco en mi quietud, en la calma;
                                              y… me equivoco en la prisa.

Me [con]funden tus abrazos.
                        Y me vuelvo a equivocar.

Me equivoco al afirmarte y me equivoco al negarte.

Me equivoco en acto
                           y en potencia
                                               [todo]

Me equivoco cuando me quedo;
                                   me equivoco si me voy.

Me equivoco cuando te pienso,
                                   me equivoco si te olvido.

Me equivoco en mi certeza y me equivoco en mis dudas.

Me equivoco en el vacío que dejas.


Me confunden tus gestos,
                              la inercia de tus gestos.

                                                                   Tu indiferencia.

Miro el teléfono,
                          una y otra vez,
                                           y me equivoco.

Salgo a encontrarte
                              […”andábamos sin buscarnos,
                              pero sabiendo que andábamos para encontrarnos…”] (*) 


Y me equivoco.

Espero,
            y me equivoco.

Me alejo…
            Te arranco de mí, de mí, de mí…
                                                              Y me equivoco.

                                                                                           Eva López Álvarez

(*) Julio Cortázar (magia en cada página de Rayuela)


Hay mil formas de volar...
                           Volar a ras de suelo;
                                   volar mas allá de la barrera del sonido, donde los silencios penetran, atroces, por cada poro de tu piel y se alimentan de las palabras que nunca dijiste [no guardes ninguna...]

                           Volar en la quietud aplastante del impás que acontece entre el momento en que me miras para desaparecer irremisiblemente después.
                           En la tangente de nuestras vidas paralelas.
                           En la comisura de tu boca.
                           En el vértice de tus deseos redondos.
                          
                           Volar entre los posos de mi taza de café, mezclarlos con los de tu taza y jugar a alterar el destino.
                                             Volar con zapatos de plomo incapaces de someterte...
                                                      con las alas atadas por la soga de la rutina,
                                                      con el lastre de los domingos que amanecen empapados de lunes...

Alzo el vuelo ya...¿te vienes?


                                                                                 Eva López Álvarez


lunes, 21 de octubre de 2013


Díctame tus impulsos;
              díctame el sístole que dicta cada letra de cada palabra que asola tu alma...

Díctame tus silencios;
              díctame tus pausas
                                [lentas, quedas, calmas...]
                                yo me detendré en medio de mi prisa absurda para recogerlas...

Díctame...
           yo te escribo...

                                                                               Eva López Álvarez

A veces la huida es mirar a la luz;
                             caminar adelante;
                               dejar atrás las sombras
                                                               [escarcha, ceniza, humo]

A veces la valentía es quedarse;
                                permanecer [que no estancarse];
                                estar;
                                regalarte entero.
                                                       Regalar sonrisas,
                                                       regalar tiempo,
                                                       regalar piel [tacto, presencia].

A veces la valentía es renunciar;
                                abandonar;
                                escribir en futuro el presente...

                                                                                  Eva López Álvarez.


domingo, 20 de octubre de 2013

[No siempre podemos mostrarnos como somos; podemos desnudarnos por entero; casi nunca somos francos...
El verso que abre este texto iba a ser el título de mi poemario...Finalmente no lo ha sido, demasiados matices, demasiadas connotaciones, demasiadas espinas. 
Pero a ratitos, como éste, quiero reivindicarlo... ahí lo dejo: siete jirones de mi piel;
                                                                                                     tal vez, sólo tal vez...
Por eso lo acompaño de una imagen franca, aunque no sea la que corresponde en este texto; pero soy yo en la única imagen con rostro de esa tarde en que me pinté las lágrimas negras que, finalmente, dan título al libro: sin paraguas, sin mano, ¿sin miedo?]


Siete hostias se llevó Blancanieves;
         siete fracasos;
                  siete vacíos;
                           siete frustraciones.

El reproche vital de Gruñón que caló de miedo su Alma y le arrancó su ingenua sonrisa para siempre.

El fallido intento de suicidio de Feliz que no logró alejar la Tristeza negra y viscosa que un día se apoderó de él.

El grito sordo de Mudito que no precisó palabras para mostrarle lo poderosa que puede llegar a ser la Soledad.

El terror onírico que le arrebató sus sueños blancos de infancia cuando una noche escuchó el monstruo que se cobraba vida en la pesadilla de Dormilón.

La alergia enquistada que obligaba a Mocoso a repudiar la belleza naif de una flor silvestre; que lo aislaba del mundo envuelto en nebulosas de mágico polen, germen de vida, convertido en lento asesino para él.

La certeza, inequívoca, irrevocable, brutal e inamovible de Sabio de su insignificancia, de su fragilidad, de su relatividad, de su ignorancia que lo hacía sentirse pequeño, vulnerable, perdido,
                                                                                                                                             perdido,
                                                                                                                                             perdido…

La frustración vital de Tímido que nunca logró arrancar de sí mismo aquel pudor que le impedía vivir, que le impedía reír, que le impedía llorar, que le impedía sentir…



                                                                                           Eva López Álvarez



A veces despertamos en medio de la noche;
                                                           presos de un miedo que cercena las alas, apenas perceptibles, crecidas en los montículos de sueños y quimeras que los manuales y diccionarios llaman homóplatos.

Entonces; en ese preciso instante en que el sudor rebosa en cada poro de tu piel, en que el interruptor de la luz parece haber huído, en que la oscuridad se toca, y se crece de tu angustia, tus manos buscan tu cara y tus dedos recorren sedientos de corduras y certezas y costumbres tus ojos, tu nariz, tu boca...Cuando los vas encontrando y reconociendo [la pequeña cicatriz que ató un poquito de tu infancia a la barbilla; el remolino pertinaz de tu ceja izquierda, el lunar, epicentro de la ladera derecha de tu cuello] vuelve el pulso a tu sangre, la paz a tu cama.

Hoy sentí cómo el bisturí salvaje del miedo hurgaba en mi espalda. Y mis manos no reconocían ninguno de mis rasgos, por mas que tocaban hasta limar las esquinas afiladas del tiempo. No eran mis ojos, no era mi boca, no era mi pelo.

Te regalo lo que fuí.

                               Voy en busca de lo que soy.


                                                                                Eva López Álvarez




sábado, 19 de octubre de 2013


Miénteme.
             Cuéntame que el viento atroz que se acerca levantará vuelos en pos de tierra yerma.

Miénteme.
             Cuéntame que los gasones son gaviotas,
                              que los surcos huérfanos, caudal de alas expectantes de tí...

Miénteme.
             Cuéntame que los sueños son marrones,
                              que la luz en mi persiana es púrpura,
                              que amanece en cada palabra.

Miénteme...

                                                                                                   Eva López Álvarez


viernes, 18 de octubre de 2013


La luz que perpetraba las horas,
                  que esquivaba la noche,
                          que barría las dudas,
se va vistiendo de sombra;
          se va empapando de escarcha.

Mis pasos ya no se pegan al asfalto,
y ya no encuentro restos de arena en mis pies,
                                                           en mis bolsillos,
                                                                 en mi alma, que ya no huele a sal...

Esta mañana tengo el bolso cargado de lluvia,
                                las manos de otoño,
                                los ojos vidriosos de humedades que tiñen de amarillo noviembre
                                                                                                         este octubre que agoniza...

Esta mañana, mi bolso cargado de lluvia...



                                                                                                              Eva López Álvarez


jueves, 17 de octubre de 2013



Mientras volvía del trabajo, en coche, 28 grados fuera de contexto [como tus ojos volando libres, presos del volante], semáforo en rojo, he imaginado que algún día escribiría palabras en las ruedas de los coches; me abandonaría a observar como comienzan a rodar... cómo se deformarían esas palabras...

Habría algunas que se dejarían vencer por el calor, de modo que se desharían anárquicamente perdiendo en su lucha alguna letra, quedando luego apenas unos trazos inconexos... Por ejemplo donde hubo "SOLEDADES" queda "SOL...ES" y en la rueda de aquel todoterreno desafiante donde puse "DESASOSIEGO" el azar me regala un escurridizo "DES...E.O".
Otras se aferrarían, osadas, a la goma con todas sus fuerzas, con todas sus letras pero el asfalto y el tiempo las irían limando, como el canto en el agua, de modo que se adivinen algunos trazos que, llámame loca, a mi me parecen mariposas a punto de alzar el vuelo...
Cuando el tiempo comenzase a pesar, a ser visible, tangible, mis palabras irían haciéndose una fina línea... encefalograma plano de emociones antiguas...
Por último esa línea se retorcería sobre sí misma a fuerza de andar y desandar lo andado quedando algo parecido a un interrogante...

¿ ?

La pregunta la pones tú...
 
                                                                                   Eva López Álvarez
 
 


 
Siento verdadera fascinación por las alcantarillas. 
                                             Se tragan nuestras realidades, como también muchos de nuestros sueños;
                                             se atragantan con las lágrimas que corren desconsoladas cuando el cielo rompe a llorar.

Algunas alcantarillas, de esas grandes que parecieran puertas a un mundo lejano y cercano a la vez, se enamoran perdidamente de mis tacones y, cuando piso sobre ellas, resuenan con un eco que me recuerda que mis pasos se dirigen a algún lugar;
                                                                que no son en vano.

En ocasiones pareciera, cuando la luz es mentirosa y el sol condescendiente, que  son líquidas y que, de un momento a otro, emergirán unas manos o una varita mágica o el miedo corpóreo que te asalta algunos días y que se esconde ahí abajo, en la oscuridad hueca que disfrazamos de aceras, de asfalto, de huellas.

No dejo de preguntarme, cuando paso sobre ellas, cuántos secretos guardarán, cuántas palabras cayeron a ese inframundo pestilente sin que nadie llegase a oírlas, a dormirse con ellas. Guardan celosamente montones de pequeños tesoros que el azar nos robó un día: un anillo, unas llaves, un pendiente que dejó viudo a su gemelo, una moneda, un papel, un mechero de los que prenden los deseos...

Me fascina pensar en las alcantarillas como una suerte de "depósitos del olvido" donde la eternidad es presente marchito y sucio; me encantaría bajar un día a ese inmenso laberinto de túneles preñados de pequeñas nadas [tuyas y mías] y olvidos...

                                                                                       Eva López Álvarez







miércoles, 16 de octubre de 2013


La noche esconde y el amanecer escupe...
Extienden las horas su manto de cansancio arrastrando a su paso los pequeños restos de luz que atrapan los atardeceres.
Vencido el ocaso la noche nos envuelve y nos dejamos arrastrar por el sueño. Arropados.
Protegidos.
Paredes; mantas; luces; radiadores que te llaman a gritos cuando los termómetros impíos se visten color azul.
             Y sueños.
                Y planes.
                   Y proyectos.
                      Y una televisión que me grita lo que, al parecer, necesito.
                         Y una cafetera que me regala un perfume mágico.
                            Y una ducha de la que brota calor y que arrastra todo atisbo de pasado que se quiera enquistar en mi piel.


Pero algunos amaneceres (y la obstinación de mi perro esta mañana) te llevan por unos pasos distintos a los que acostumbras.

Y el amanecer te escupe a la cara una imagen que mi retina guarda y que mi alma llora. En un rincón olvidado del parque, olvidado el mundo, olvidado de esta mierda de sociedad, duermen sobre la hierba montones de ilusiones rotas; esperan el amanecer montones de proyectos truncados; cuentan los minutos que dura la noche [fría, atroz, negra y solitaria] montones de ojos que ya no buscan nada, que ya no lloran nada...Acabo de dejar unas mantas, envueltas con rabia, sobre el banco que sirve de mesita de noche en la que no reposa libro alguno, ni vaso de agua, ni pastilla para llamar al sueño cuando te atenaza la angustia, ni la moneda que se ha caído de tu pantalón, ni el reloj que te dice que, por fin, llega el mañana...

                                                                                                                     Eva López Álvarez