viernes, 30 de agosto de 2013

Seremos viejos.

             Será entonces,
                     cuando cada arruga,
                                          las tuyas; las mías,
                                                         escondan el mismo secreto.

              Será entonces,
                     pero será.

Y lo sabemos los dos.


                                                                                                   Eva López Álvarez



jueves, 29 de agosto de 2013


"Solo el misterio nos hace vivir. Solo el misterio".

                                                                       (FEDERICO GARCÍA LORCA)


Escribiría una biografía del silencio.
                                              En una noche de esas que se te pegan al alma; sin dormir un instante siquiera. Una noche traicionera de esas que te empujan a una rendición sin condiciones. Una de esas noches en que todo es posible, sin soñar... Una de esas noches que se cuelan por tu ventana y te arrastran, desnuda de los pudores que te impone el día, a un umbral de palabras y percepciones y emociones enmarañadas que sólo caben en el silencio;
          ese que todos llevamos dentro;
                ese que lo sabe todo y nos define mejor que cualquier palabra. 
       ese silencio que transforma tu piel en alfombra mágica; silencio que hace de tu nombre custodio fiel  de la tormenta atroz [tormenta de soledades] que asola tu carne [tu patria].
Silencio elocuente gestado de lo que tus ojos cuentan cuando tus dientes muerden tu propio labio asfixiando las palabras que nadie escucha [nunca; por más que las hayas gritado]; silencio que llora lo que la costumbre ahoga;
        silencio tangible.

La bibliografía me la proporcionarían los semáforos en rojo y cuantos silencios quedan allí, abandonados a golpe de paso rápido vestido de verde. También la estación de autobuses [hormiguero de silencios]; la sala de espera de los hospitales; bomba de silencios maestros cuya onda expansiva pare vastos terrenos sembrados de angustia... El parque [silencios adormecidos por los rayos de sol; silencios de niños que juegan a soñar en mañana, de adolescente que desea, de viejo que espera].
Recabaría cuantos silencios encontrase, uno tras otro; uno tras otro.
Escribiría una biografía del silencio;
                                         esta noche...


P.D.: SE BUSCA AYUDANTE PARA ELABORAR MI PARTICULAR CUADERNO DE CAMPO DE LOS SILENCIOS.

                                                                                             Eva López Álvarez



                                              

miércoles, 28 de agosto de 2013

Truena con la misma violencia con la que llora un niño cuando todavía cree [ingenuo] que las lágrimas sirven, que las lágrimas logran, que las lágrimas curan.
La misma rabia con que encajas el primer desamor.
La misma furia con que el mar baila, solitario tango, crecido de abismos.

Truena con exasperación;
                                     como mi  búsqueda febril
                                                                          [estéril]

Truena al otro lado del cristal y retumba bajo mi piel. Truena con inquina, con rencor.

Truena; estalla el gris [salvaje] que amputa frutos, flores, hojas; que cercena sueños a los hombres que tienen acequias en las líneas de las manos y caballones alrededor de los ojos [acabados].

Truena el cielo, feroz, queriendo [quizás] acortar distancia;
                                                              saber qué siente la tierra; fértil, madre, cobijo.


                                                                                               Eva López Álvarez







Besos de lluvia;
          del color que tienen las pieles asoladas de desierto,
                                         el del trigo seco
                                         el del sol de enero [inútil].
          Besos líquidos.
                    Resbaladizos
                                       [esquivos]
                                                      Besos empapados de gris.
Me los regala la tormenta.
                         La tormenta que brama
                                                           [ahogada rabia]
                                                   mi miedo
                                                        tu desconsuelo
                                                   mi soledad
                                                       tus tristezas
                                                   mi lamento
                                                        tu aflicción
                                                   mis vacíos
                                                        tu desarraigo...
                                               


                                                                                     Eva López Álvarez


      

martes, 27 de agosto de 2013

Un eye liner - respondió sin dudar un segundo. Alto y claro; tanto que toda la estancia quedó muda y se giró hacia ella. Velada distendida con un buen grupo de amigos.

¿Un eye liner? - preguntó al unísono el grupo en conjunto, simultáneamente. La misma curiosidad. La misma sorpresa.

Hay que contextualizar; la conversación arrancó como cuando tomas la autovía; todo recto, hacia adelante. Cientos de kilómetros por delante. O como el callejero de un polígono industrial; rectánculos precisos y exactos de calles trazadas con escuadra y cartabón con nombres desnudos de la esencia misma de un nombre: calle A, calle 0, etc.
La primera copa, en cambio, llevó sus palabras por carreteras secundarias, por caminos vecinales de esos que esconden recodos que aparecen en tus ojos y en tu alma sin avisar. O como el callejero del casco antiguo de esas ciudades que un día se escondieron tras unos muros, hoy apenas piedras, que todavía cuentan historias.

Sexo.
      Juguetes sexuales.
 Ahi estaba el eje de la conversación. Distendidos, confesaban sus juegos.

¡¡¡Cuando daño están haciendo "Las cincuenta sombras de Grey" - pensó ella.
 Qué pena - añadió en su monólogo interior.

Los ojos de todos estaban fijos en su boca, esperando una explicación. Parecieran querer hacer diana en esa palabra que habría de dar sentido a aquella absurda ocurrencia: un eye liner!!!

El amor... 
           calló.
                 No hablaban de amor.

El sexo... no puede ser de plástico.
                                                     Es de piel.  
                                            Es desgastar tus huellas dactilares en la piel de otro. Y desandar todo lo andado para recorrer el camino, otra vez.
                                                     Es saliva;
                                                           tinta invisible [esclava de una quimera] encriptando deseos que conforman un cartograma imposible de recrear por los mismos caminos. Imposibles los mismos desvíos. Jamás las mismas distancias. Ni el mismo espacio. Ni el mismo tiempo.
                                                     Es sudor. [Las almas secas suelen sudar mucho].

¿Y?. ¿Un eye liner? - preguntaban una vez más. La misma curiosidad. La misma sorpresa.

No hay nada mas; un eye liner. El misterio no puede ser, jamás, de plástico, ni de látex, ni de goma. Y la magia no funciona a pilas. Yo cogería un eye liner y jugaría a anticiparme al deseo: escribir en la piel del otro una palabra; y  obedecerla [recrearla] si, al pronunciarla,  pareciera tejerse en tus adentros un nudo tras otro desde la punta de tus dedos hasta la última de tus tripas; borrarla [a besos] si no reflejase uno de tus deseos. 
Nunca la misma palabra.
                                   Nunca el mismo desierto de piel. 
Escribir URGENTE en la cara interna del muslo [hambrienta]. 
Deletrear QUIETO de espaldas. Esperar a que el otro dibuje las letras, una a una en mi espalda, quieto, muy quieto.
                Dibujar AHORA en el vértice de su ombligo.

Ya está. Un eye liner. Y muchos centímetros de piel.

                                                                                                                    Eva López Álvarez





 



[...] Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable"...

(JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO)




PARA ELCOLECCIONISTA DE ATARDECERES [prende cada color de ocaso al amarillo incipiente de otoño; que no te los robe septiembre]


El verano ha muerto
                 [descanse en paz].
He leído la noticia en los tendederos
                                      huérfanos de toallas de colores estivales.
Y epitafios líquidos flotan en las piscinas [desiertas; inútiles].

El calendario aún no lo sabe; 
                                      la temperatura [obstinada] lo olvida a ratos, pero está muerto. Las almas de los críos ya llevan mochila. Y, al abrir la puerta, la mañana me regala palabras que se escriben a ras del suelo, a manos de las primeras hojas que caen, todavía verdes de agosto, con la savia [amarilla y cansada] de otoño.
Ya no quema el café en mis manos [ateridas de caricias]; y los colores parecieran haber envejecido cien años de un golpe, como una fotografía en un cajón.

El calendario aún no lo sabe; 
                                          pero el verano ha muerto.


                                                                                         Eva López Álvarez





lunes, 26 de agosto de 2013



La vió, por primera vez, en uno de esos pasillos que no tienen fin de las grandes superficies comerciales.

Ella buscaba algo de sentido
                             [SENTIDO]
                                              escondido en algún lugar que desconocía.

Iba a la compra, sí. Pero eso era secundario. Mera supervivencia. Ella recorría los pasillos buscando una razón y, mientras, recordaba que le faltaba café o que le apetecía un buen asado para comer, pero todo eso era algo accesorio. Buscaba un fin entre las conservas, un argumento entre los productos de limpieza, un motivo en los congelados.

El lo supo [era otro buscador de sueños].
                                                           En cuanto la vió.


Le parecía que todo el mundo estaba ciego porque nadie parecía reparar en aquella búsqueda, en SU necesidad de encontrar. Y ella le pareció bellísima; como hermosísima e imprescindible esa búsqueda que se [con]fundía con la manera en que movía sus manos [un lenguaje de signos desconocido esperando que él lo tradujese].

En pocos días los encuentros dejaron de ser casuales.
En apenas otros cuantos días un saludo y una sonrisa se cruzaban entre aquellos pasillos, como se cruzaban sus búsquedas por entre los gigantescos estantes.
El día en que sus manos se rozaron azarosamente justo en la tercera estantería, la que queda a la altura exacta de los ojos [deteniéndolos], la búsqueda de ambos pareció cambiar de sentido. Ya no supieron si buscaban aquello desconocido o si se buscaban el uno al otro.
Él cogió, aquella mañana, un trocito de papel vegetal, ese para uso escolar. La encontró en la sección de productos frescos y le cogió la mano con la misma ternura con que una madre coge a su bebé por vez primera. Sacó el trocito de papel vegetal y un bolígrafo. Calcó las líneas de su mano. Sin mediar palabra. Sólo aquella sonrisa. Aquella búsqueda. Aquel RECONOCIMIENTO.

Transcurrieron varios días en los que sólo ella parecía seguir buscando. Pensó que se había cansado; pensó que quizás él había encontrado lo que esperaba en otra parte. Un semáforo. Un buzón. Un taxi. La parada de autobús. La sala de espera del médico.

Un martes, el pasillo de los detergentes le susurró al oído que él buscaba a su espalda. ¿Nunca has sentido cómo unos ojos se clavan en tu espalda sin mirar?. No se volvió. Le bastaba esa certeza. Cuando estuvo junto a ella. Le tendió su mano, la palma hacia arriba.

Había tatuado las líneas de su mano sobre las suyas propias. Había creado un cruce de caminos que confluían una y otra vez, una y otra vez. La línea del destino de ella parecía solaparse con la línea de la vida de él.

Ella no pudo evitar darle la mano. Anudar sus líneas entre todas aquellas otras. Liar sus destinos. Anudar sus azares.

Cada mañana entran de la mano. Cuando las obligaciones no lo permiten, cuentan que él mira su mano tatuada una y otra vez, en cada pasillo. En cada estantería. Pero ahora sólo busca café. Si es ella la que compra, sus ojos solo miran una ordenada lista de COSAS; tampoco busca mas que cosas.




                                                                                                                                  Eva López Álvarez




No me has preguntado
                                [todavía]

si quiero de desgranes
las letras de mi nombre
en secreto y celador silencio; esclavo de tu boca...

si deseo que desabroches
los botones de mi farsa
en el incierto impás de tus desvelos...



                                                                                Eva López Álvarez 



No veo tus palabras
..............................[hace tiempo...]

Y tampoco recuerdo su color, o
a qué olían las pausas inciertas
con que jugabas al hablarme 

                                        [cómplice]

Esqueletos

               [verdugos de la piel de tu recuerdo]
reposan en la fosa común de mi memoria
y una radiografía [inalterable] de tus besos
habita en el fondo del cajón de mi mesita de noche.



                                                                                            Eva López Álvarez

 
                                                   

domingo, 25 de agosto de 2013

Ginebra (capítulo V)



El amanecer y el otoño sorprendieron simúltaneamente a Ginebra; 
                                    del mismo modo que la noche [cobijo] y el verano la habían abandonado.

Un montoncito de hojas [amarillo cartón, virgen de palabras] se posaron alrededor de sus tobillos, creando una especie de círculo que cercaba sus pasos [aquelarre de fantasmas con nombres de olvido].
La mañana olía a calor desarraigado y sabía a invernadero [fábrica de mentiras e imitaciones]. Los minutos, llenos de horas, huecos de instantes vivos, atraían feroces la tarde, asolada de prematuro invierno. 
Así, con los ojos ateridos de agosto corrió a casa y se vistió de literatura; ésa que susurraba tibieza a su aliento helado.

Puso un papelito tatuado con magia en el bolsillo interior de su americana; el conjuro se recitaba así:  "Si alguna vez la vida te maltrata / acuérdate de mí, / que no puede cansarse de esperar / aquel que no se cansa de mirarte". (LUIS GARCÍA MONTERO).

A Ginebra le sobraban bolsillos, como le sobraban sueños. Rescató otro trocito de papel, liviano, con jirones de lo que un día fueron flores y que, al trasluz, le contaban historias [tan distintas, cada día]; éste le arrullaba:  "Llorar a lágrima viva, llorar a chorros...Llorarlo todo, pero llorarlo bien. (...) Llorar de amor, de hastío, de alegría..." (OLIVERIO GIRONDO) y fué a parar al bolsillo derecho de su pantalón.

Otro bolsillo - se dijo y rebuscó aquellos cartoncitos que atesoraba entre las páginas de sus libros favoritos; esos que se archivaban en su memoria y que se resumían en su alma. Encontró: "Lo que me gusta de tu boca es la lengua. Lo que me gusta de tu lengua es la palabra." (JULIO CORTÁZAR)

Mas bolsillos, mas encantamientos: 
"Las personas felices no tienen historia" (SIMONE DE BEAUVOIR) - no pudo evitar sonreir con esa certeza de alquitrán que solo reconocen algunos. "Quiero llorar porque me da la gana" (FEDERICO GARCÍA LORCA)... - yo también, suspiró.

En lo que dura un beso estuvo vestida de palabras y eligió varios destinos;

                                                                                                   con paso firme se dirigió a donde los tentáculos de asfalto, huídos de la ciudad se enredan con los caminos que agonizan cuando la tierra enmudece de chicharras y pájaros. Allí, donde tomamos conciencia de que la luz viaja dentro de un cable como la voz que parte de mi teléfono para terminar en tu alma. Miró los postes gigantes que soportan esos cables y pensó [delirante, lo sabía] dejar un poquito de su particular vestimenta en alguno de ellos, en dos lo suficientemente distantes como para soñar que transportasen el mensaje de un desencanto a otro, lejano. Remoto.

         A continuación se dirigió al puente que contempla impertérrito las salidas y entradas de trenes [un día viajaré en tren; uno de esos viajes largos; dormiré en un tren; dejaré un poco de mis ojos en cada ventanilla, en cada recodo, en cada rincón del paisaje]. Alli recordó su primer cigarrillo y se sintió marear de nuevo. La velocidad tangible, el suelo inestable, el humo invasor. Calculó; arrojó el contenido de uno de sus bolsillos al tren; no supo dónde se enredó. Solo le importaba dónde llegaría, quién se vestiría en otro lugar, en otro tiempo, con ese fragmento suyo.

                                             Por último se fué a la biblioteca; recorrió los pasillos dejando esferas de relojes muertos a cada paso. Vació sus bolsillos entre las páginas de algunos ejemplares, únicos como especie en extinción. Aquel que escogiese alguno de aquellos libros se llevaría, seguro, una sorpresa de esas que te aferran al azar como mantra existencial.

Se sintió desnuda; y feliz. Aturdida por una suerte de lejana intimidad.


                                                                                                        Eva López Álvarez


                                  

Ginebra (capítulo IV)


Ginebra cogió [guiada por un impulso irrefrenable] una de sus olvidadas barras de labios.

Rojo.
Puro rojo.
Sangre. Vísceras. Deseo.

Se acercó al espejo cuanto pudo para delimitar con quirúrjica precisión la línea exacta de su boca que vestiría de ese deseo ingente, henchido de tiempo, de soledad, de rabia.

Pensó que pintaría su boca [desdibujada de amores, de amantes, de besos, de la senda viva que deja un dedo cuando la recorre] a modo de símbolo; sería un reclamo para esas caricias urgentes en su alma.

Ese pensamiento frunció su ceño y su ánimo.
Tomó perspectiva y echó un paso atrás. La distancia le recordó que, quizás, no era su boca la que ansiaba un gesto, un mimo, un beso; otra boca.

Convertiría, pues, la barra de labios en marcador fluorescente de aquellas zonas que clamaban a gritos en su cuerpo una huella.

Sus ojos se recrearon primero en sí mismos; recorrieron [con gran desconocimiento para su sorpresa] su contorno; almendrado y rodeado de incipientes arrugas escritas con el abecedario de las decepciones. Sus pestañas; las pupilas [orbe de sus percepciones]

Continuaron su viaje por los labios que dejó sin pintar; tensos; no tan curvilíneos como el camino que conducía a su vientre.

Desnudo.

Miraba la barra de labios y contemplaba su clavícula; prominente [pareciera recipiente, cubículo para sus lágrimas, tal vez, derramadas sin ton ni son tantas veces]

Su pecho; pequeño. Vértice angosto de su vientre, redondo.

El cuello; olvidado. Sin escribir.

¿Qué parte de su cuerpo era la que anhelaba que la tocasen, que la recorriesen, que la acariciasen; que la trajesen al presente a golpe de carne y piel?

Triste.
Desolada.
Sabiéndose más abandonada que nunca, Ginebra dejó la barra de labios en el estante del baño, inmaculado.

No encontró el modo de pintar la boca de su alma de rojo.

¿Qué clase de amante besaría el vacío que dejaron sus noches en blanco?
¿Su memoria?
¿Cómo se acaricia un recuerdo?
¿Cómo se toca la soledad?
¿Cómo se abrazan las ausencias, se acurrucan los fracasos?

¿Cómo se besa el vacío?


                                                                                                                                Eva López Álvarez

 

Ginebra (capítulo III)



Esta segunda vez Ginebra aspiró el humo con la convicción del que ya no tiene nada que perder.
Aspiró hasta ser solo una especie de esponja inundada de humo; hasta quedar vacía de oxígeno. Cuando saboreó la asfixia y supo controlarla soltó aquel humo para entonces yermo; como un barco que suelta las amarras que lo mantienen encallado a puerto.

Fue justo en ese punto, entre calada y calada, cuando decidió que, desnuda su alma como estaba, lo mejor sería llenar su cuerpo. De sensaciones. Olvidadas.

Buscaría un amante.

Sería mucho más fácil (se dijo a sí misma) llenar los rincones de su piel, los recodos de su cuerpo, las esquinas de sus deseos, que arropar su alma recién lavada.

Corrió al espejo y dejó caer, con premura infantil, la bata de estar por casa que hacía largo tiempo la acompañaba en sus despertares robando toda posible improvisación a la mañana. Ciñó el pijama a su cuerpo y se contempló como hacía años, como cuando analizaba cada cambio adolescente que el tiempo, entonces lento, quería regalarle.

Sin un atisbo siquiera de consciencia dejó caer los pantalones invadidos de ositos, gatitos y conejitos (¿por qué todos los pijamas vienen decorados con esta clase de fauna?) quedando sus piernas expuestas, vírgenes de nuevos pasos por dar…

Sin apartar sus ojos de ellas dio algunos pasos, primero torpes, limitados, desmañados… luego largos, osados, audaces, insolentes…; estiraba las puntas de sus pies como si fuese una bailarina y giraba sobre sí misma contemplando la definida silueta (mucho más hermosa de lo que recordaba) de su tobillo, sus definidos gemelos, su rodilla [redonda y delgada a la vez]; se detuvo en su muslo [frontera del deseo] sabiendo que la rendición era inminente.

Uno de aquellos improvisados pasos de baile la condujo de nuevo al espejo [provocador] frente al que se arrancó impaciente la camiseta del pijama (con idénticas bolitas y animalitos del pantalón, cómplices de noches blancas y amaneceres grises).

Un rubor olvidado hacía tiempo tiñó sus mejillas de un rojo carmesí y vivo y un cosquilleo enterrado recorrió su espina dorsal y se posó en su estómago. No había marcha atrás; mientras decidía cómo habría de poblar su alma, un amante le susurraría cada día a sus manos, a sus pies, a su espalda y a su cuello que estaban vivos; tatuaría su piel de versos que rescatasen del vacío cada uno de sus poros.

¡¡¡¡¡Capaz de sentir!!! – sonrió…
 
                                                                                                                                 Eva López Álvarez



Ginebra (capítulo II)



Ginebra despertó de aquel cigarro [violador de sus secretos] como llegan las mañanas vestidas de resaca.

No sentía sus brazos como tales, ni tampoco sus pies; su espalda no era ese lienzo en blanco de las mañanas todavía desnudas de decepciones. Tampoco sentía su vientre como cada día, como la cueva de Alí Babá de las emociones, esperando el conjuro mágico (¡¡¡ábrete sésamo!!!!) que deslíe la maraña de deseos que se enredan en sus entrañas.

Se sentía, mas bien, como un bloque rígido sometido a una presión insoportable, con la cabeza a punto de estallar… Esos pies que no acertaba a reconocer como suyos la llevaron, como a un autómata, hasta la cocina, todavía yerma de olores, en busca de un café que hiciese las veces de pomada para el alma.

El humeante café y su vivificante aroma (perfume para sus escarchados sentidos) lograron descomponer ese bloque ausente y recomponer un poco sus enredadas piezas.

“Ni un segundo mas” – pensó Ginebra.
“¿Ni un segundo más… qué?” – se dijo a sí misma.

“Ni un segundo más andará mi hoy atado a mi ayer” – sonrió…

Así pues, a sabiendas de que pudiera parecer un gesto irracional, se decidió a hacer la colada con los trapos sucios que guardaba en un cajón olvidado de su alma.

Apretó sus ojos con fuerza y respiró; comenzó un viaje infernal por cuantos cajones había cerrado bajo siete llaves.
A sabiendas de lo doloroso, cogió varias cartulinas blancas y las recortó en tiras longitudinales en las que escribió y describió con todo lujo de detalles cada bocado hiriente de pasado. Cuando hubo llenado su gigantesco cesto de la ropa sucia con trocitos de papel, con fragmentos de pasado, con jirones de la piel de sus recuerdos, se dirigió a la lavadora y la llenó con todos ellos….

Eligió el programa más largo; con prelavado y a 90º….

Sorprendiéndose a sí misma, volvió a encender un cigarro. Quería quedar desnuda de nuevo; expuesta otra vez pero… con el alma limpia, con el pasado en blanco tendido al sol…


                                                                                                                                    Eva López Álvarez



 

Ginebra (capítulo I)


Ginebra odió su nombre hasta que una de esas noches que no acaban intentó diluir cada una de sus letras en el líquido homónimo.
El amanecer impío le devolvió intacta su identidad y le regaló uno de esos dolores de cabeza que te impiden casi respirar; que distorsionan tus sentidos; que aplastan inmisericordes tu razón.
Años mas tarde, cuando el calendario y las experiencias vividas y los sueños robados, te llevan a ese punto en que comprendes que la felicidad sólo habita en un segundo efímero, pasó a amar profundamente su nombre; fue justamente el día en que descubrió (puro azar) que Ginebra significa “espuma de mar”.

Le pareció tremendamente hermoso.
No sólo la nombraba.
La definía.
La pintaba.
Olía como ella.
También sabía a sal.

Espuma era una palabra mágica, desde siempre, para Ginebra. Pasaba largos ratos, huída del mundo, en la orilla del mar observando cómo la espuma, brava en la lejanía, fuerte, retadora incluso, se deshacía ante un grano de arena; desaparecía.
Se extinguía. Perdía su forma; perdía su color; perdía su identidad.
Ya no era nada.
Esa mañana, Ginebra anheló conocer cada textura parecida a esa espuma que la definía y que jugaba a desaparecer a cada enviste de mar. Esperaba ese reconocimiento en otro que, a veces, no llega jamás.

Decidió ser humo.
Gas.
Vapor.
Vaho.
Aliento [vivo de otras bocas] que penetrase en su alma infundiéndole un nuevo hálito, distinto, lleno de otros sueños, preñado de otros deseos, vivo de otros segundos, alimentado de otros recuerdos, ingrávido de otros besos.
Corrió [presa de una prisa absurda] a un estanco y compró un paquete de tabaco. Jamás antes había fumado. Pero sintió un impulso irrefrenable. Deseó que sus labios se tornasen hechiceros hacedores de humo; que su boca se llenase de él, que sus adentros abriesen paso a ese humo incorpóreo, intangible, inmaterial y que, en cambio, al igual que la espuma, lo invadía todo; se colaba por cada poro abierto como lo hacía el genio de Aladino saliendo al mundo a través de la escueta apertura de la lámpara maravillosa. Dispuesto a conceder deseos.
Esclavo a la vez.

Con la torpeza propia de un principiante logró encender el cigarrillo tras varios intentos.
Y aspiró.
Notó cómo el humo arañaba su garganta y penetraba, atroz, sus adentros encogiendo cuanto encontraba a su paso; sintió empequeñecer sus pulmones; sintió un ahogo creciente que consumía su aliento y que, paradójicamente, le producía un estado de adormecimiento irreal, parecido al de la anestesia.

Luego el abandono. Sentía que todo su interior era de corcho, como una esponja de mar llena de agujeros que dejaban escapar sus miedos, sus secretos. Sólo ese humo tóxico e insolente entraba y salía a su antojo abriendo puertas, arrancando cortinas celadoras, dejando cada ventana que encontraba a su paso de par en par. Expuesta.

Esa exposición le produjo un miedo, visceral y creciente, a no ser capaz de volver a cerrar puertas, ventanas y correr cortinas; a quedar sin protectora piel para siempre; sin retorno.

Apagó el cigarrillo casi con saña, esperando extinguir todo resto de ese humo que la había dejado desnuda...

                                                                                                                                   Eva López Álvarez


                                                                                                                                   


viernes, 23 de agosto de 2013

Podría escuchar una palabra a la altura de un paso de cebra;
                                                                                  por ejemplo.
                                                                                            
Una de esas palabras que ejerce una sanadora fuerza centrífuga alejando coches,
                                                                                                              transeúntes,
                                                                                                              rutina;
                                                                                               alejando esa distancia inabarcable
                                                                                                                   que mata  [persuasiva y lenta]
Una palabra enredadera que habría de trepar por mis tobillos; cubrir cada milímetro cuadrado del olvido que asola mi piel; desliar la sucesión implacable de nudos que oprimen hasta la asfixia cualquier emoción, las ganas de sentir [SENTIR].Una de esas palabras que son tan tuyas que no necesitan de tu nombre; una de esas palabras que anida desde siempre en un cajoncito de tu alma esperando que alguien lo abra; una de esas palabras que, sin decir nada, lo explican todo.

Una palabra cremallera que desnude impúdica los deseos que custodian los lunes; que el calendario no escribe en rojo.


Y detenerme;
         quedarme quieta,
                         en ese paso de cebra
pendiente tan solo de la boca que articula esa palabra.


Y rebuscar, abrirme paso entre el tejido impermeable gestado de heridas, y encontrar la palabra que espera esa boca.
Y  alejar las secuelas que la misma distancia, el mismo olvido dejaron en el que susurra al otro lado de la calle.

                                                                                                                     Eva López Álvarez


jueves, 22 de agosto de 2013


Siéntate.
         Ya huele a septiembre.
         El sol quema como cuando sabe que muere a manos de esa querencia inevitable de las estaciones por extinguirse. Quema con rabia; porque está dolido. Herido irresolublemente...
         Las noches te susurran al oído retazos de confesiones que se sucedieron en otras noches, en otros porches, en otras tierras; traen de la mano idénticas emociones; idénticos [des]consuelos. Susurran la misma palabra, PERFECTA, que la tierra seca te arrebató tiempo atrás.

Siéntate.
         A mi lado.
                    Pero quédate. No dejes tu cuerpo,
                                                                     ahí,
                                                                         mientras te marchas. Hueco. 
                    Quédate y enreda tus dedos en la sombra de mi cuerpo que yace tendida a mis pies; sombra chinesca, capricho de la luna [tirana]. Puedes jugar a tocarme, sin tocarme, pero tocándome de veras [con esa certeza incuestionable que no obedece a nada]. Abrir tus brazos [como un loco acaricia el viento] y sentir cómo, a ras de suelo, se posan en mi piel, negra de luna. Hay algo erótico en lo que nunca se alcanza.

Siéntate...

                                                                                                      Eva López Álvarez



Cuando entró en la oficina de ayuda a mujeres emprendedoras en busca de una subvención, una orientación, un consejo, la fila de pares de ojos [cargados de costumbre] que miraban a la nada le indicaron que tomase número y esperase a que una de las mesas [escudo de aquellos ojos; los ojos cargados  de costumbre] quedase desierta.

Tomó número [como en la pescadería, pensó].
Se dirigió a las sillitas dispuestas en línea recta  [hilera de deseos irresolubles, quimeras hambrientas de un talón] y se sentó.
Lo había previsto todo: traje pantalón serio pero con ciertos guiños a la piel de su alma: unas discretas tachuelas en los hombros, un collar ciertamente osado y unos zapatos que parecían retar al asfalto. La camisa blanca matizaba con criterio aquellos detalles que le recordaban quién era.
Esperó;
          esperar...
                        LA ESPERA.

[Des]esperó;
                   [des]esperar...
                                      LA [DES]ESPERANZA.
.
No desesperes - se gritaba a sí misma en silencio... ESPERA, sólo espera...
Miraba su papelito como un crío contempla la carta que sus manitas torpes y su ilusión intacta han escrito a los Reyes Magos; cuando la Navidad todavía huele a magia y esa magia todavía es posible, cuando el mundo entero cabe en las bolas doradas que cuelgan del árbol de los deseos, cuando tus ojos no sólo ven sino que sueñan...

Un pitido que sonaba ahogado la sacó de su ensimismamiento y la condujo a la mesa 5.

- Expóngame, señora, su proyecto. Le proporcionaré unos formularios, deberá adjuntarme una memoria, un estudio de mercado y su vida laboral. Su proyecto, por favor - inquirió exigente. Aburrida. Con los ojos llenos de desierto; con las manos crispadas de tormenta.

- Mi trabajo habrá de consistir, si resultase factible, en "extirpar" tristezas - expuso con esa certeza que se pasea insolente en los lindes de la locura. 

La cáscara de la mujer de la mesa 5 [la de los ojos llenos de desierto, la de las manos crispadas de tormenta] pareció resquebrajarse, dejando al descubierto un centímetro cúbico de la piel que siente de veras y arrojando a sus ojos de desierto un oasis de sorpresa.

- ¿Perdón? - preguntó con voz viva, curiosa incluso. ¿Extirpar tristezas?, ¿ha dicho extirpar tristezas?. Si no se trata de una broma le rogaría me lo explicase.

Ella se abandonó al vuelo;
                           su vuelo.
                           se dejó volar. 
                                       
Desplegó las palabras y se abandonó al vuelo.;
                                                         su vuelo.


Abriré una oficina tan pequeña como un cascarón de nuez. La pintaré de un color que aún no tiene nombre y esperaré tras una mesa de cristal para que los clientes vean que no escondo nada, que mis ojos están llenos de océano y mis manos cargadas de líneas por escribir. Mis clientes serán aquellos a los que la tristeza de un ser querido está matando poco a poco. ¿A usted le duele el dolor de aquellos a los que ama? ¿No le sucede que el gesto amargo de un amigo, de su pareja, de un hijo, de un familiar se torna bilis invisible en su piel, que se vuelve del color de la ceniza?. ¿A usted no le hace un nudo irresoluble en las tripas la lágrima [piedra y sal] que cae [pena y plomo] como un alud de desconsuelo por la mejilla de ESA persona? ¿No se le emborrona la paz, SU paz? ¿No se desandan sus pasos, se reviven sus monstruos, se hace hormigón su sangre [inútil]?

El cliente sólo me contará QUIÉN llora [casi nunca saben por qué, quizás porque los aman]. Y haremos juntos su particular "mapa emocional". Tal vez la solución sea sencilla. Prender una sonrisa. Puede parecer fácil, pero no lo es. Imagina esa escena millones de veces recreada. Una piedra. Humedad. Soledad. Necesitas fuego. Tienes la piedra, CAPAZ, pero aún no tienes el fuego.

Mi trabajo será golpear la piedra una y otra vez.
                                                         Prender la llama.
                                                                      Encender sonrisas.

Hay una chica que llora sin lágrimas en el mismo banco del parque, a la misma hora. Ella no sospecha que yo se que llora. Oigo su silencio. Quizás solo necesita un librito en la esquina de su banco; unos minutos antes de que ella llegue. Y su nombre. Un nombre que ella recreará con eco, ESE eco de voz desconocida, en su mente. Y sonreirá [en silencio]

Hay un hombre joven muy mayor que abre del buzón con ese abatimiento que solo dan los meses de abrir buzones y encontrar monstruos. Quizás sólo precise una carta; escrita a mano, que no diga nada pero espante el monstruo, infame, que vivía en el buzón hasta ese preciso instante. Y sonreirá [en silencio]

Hay una niña que no es una niña y no es una mujer. ESA niña no tiene cimientos. Quizás la chispa se esconda en una de esas memorias de plástico que guarde su canción favorita; la de los momentos malos. Los primeros momentos malos. Los que te arrojan al circo por vez primera. Esa memoria puede aparecer porque sí en su taquilla del instituto, del gimnasio, en la mochila, en un bolsillo de su pantalón. Y regalarle esa canción hecha de sangre, y tripas.Y sonreirá [en silencio]

Hay un viejo apoyado en la valla. Las rayas de su camisa limitan el porvenir, porque nada queda por llegar a su vida. Respira. Allí. Apoyado en la valla. Horario de oficina [su cuerpo NECESITA un horario para recordar que debe vivir]. Allí. apoyado en la valla. La que le dice que aún no es momento de morir [límite, umbral]. Yo le llevaría una cajita con un dominó encriptado de emociones; los unos serían sustituídos por una palabra: beso. No existen doses sino abrazos; y el tres se deshizo a manos de una sonrisa. Cuatro no son sino los pilares de otra palabra: hogar y cinco es la palabra puerta [puerta abierta; como cuando era niño y jugaba al parchís y el cinco lo invitaba a salir de casa para comerse el mundo]. En el seis un verso de seis palabras que, algún día, descubriré. Y sonreirá [en silencio]







 ... [Tiempo muerto; tiempo estanco; ojos de desierto; manos de lluvia; labios de espera]




Usted me dirá que es absurdo. Pero, escúcheme... Usted me dirá: si mi amiga llora yo le compraré un libro. Piénselo: eso no es magia; eso no entraña sorpresa alguna. Ella SABE. Eso MATA.
Un libro con su nombre, en ese banco suyo que no es de nadie no es razón; es emoción.

Usted me dirá que es absurdo. Pero, escúcheme... Usted me dirá: si mi hermano, mi amigo, mi marido, mi amante llora al abrir el buzón, mi mano estará junto a la suya cuando nos escupa esos monstruos. Piénselo, una vez más: eso no es magia. El monstruo sigue ahí, solo que con ... "la luz encendida". Eso es razón... no emoción; no la emoción de una letra nueva y desconocida rebosante de futuro y misterio.

Usted me dirá que es absurdo. Pero, escúcheme... Usted me dirá: si mi hija siente tambalear sus cimientos yo le recordaré que soy pilar, base, raíz, MADRE. Piénselo, otra vez: ella SABE, eso MATA. Ella sabe que usted es pilar, base, raíz, madre. Pero ahora quiere una pared, contigua, no un suelo, firme. Quiere emoción. Y, en ocasiones, yo miro en derredor y me doy cuenta que la emoción murió.

Usted me dirá que es absurdo. Pero, escúcheme... Usted me dirá: si mi padre no viese futuro yo le diría: enséñale a tu nieta cómo es el mañana. Pero el SABE que su nieta es un desafío al calendario [salvaje]. Es razón; es lógica; es LEY. No emoción...

... [Tiempo muerto; tiempo estanco; ojos de desierto; manos de lluvia; labios de espera]

Tiempo muerto;
            tiempo estaco;
                       ojos de desierto;
                               manos de lluvia;
                                          labios de espera.

- No tengo  ni idea de si es usted una loca peligrosa o si es la persona mas cuerda que he conocido en la vida - respondió, incrédula la MUJER DE PIEL, DE CARNE que se escondía tras la mesa 5; la de los ojos llenos de desierto;  las manos crispadas de tormenta.
Estudiaremos la "viabilidad" de su idea.

ELLA [esperanzada] recogió los restos de su piel que habían caído alrededor de aquella mesa [otrora escudo]; miró sus zapatos y recordó que quedaba mucho asfalto por pisar. La camisa blanca le recordó cómo despedirse de aquella mujer; de aquella mesa; de aquel despacho.

- Espero su respuesta; estaría encantanda de recibir esa llamada. Gracias por su tiempo. Gracias por su atención...

Aún logró sobreponerse un instante más y acertó a decirle a aquella mujer:

- Me alegro que en sus ojos ya no haya solo desierto; me encanta que sus manos ya no traigan tormenta, sino lluvia.


                                                                                                              Eva López Álvarez








miércoles, 21 de agosto de 2013


Podría acostumbrarme;
           podría acostumbrarme
                      [a casi todo].

A mirar por esta ventana
                 [ESTA]
    y encontrar esa calma fictica [mentirosa] vestida de verdes,
                                                                  verdes que mueren en amarillo a manos de venidero septiembre.

Mirar SOLO a través de esta ventana;
                                             hoy
                                                mañana
                                                         todos los días...

Podría acostumbrarme
                                 a no encontrar
                                                    [jamás]
                                        lo que busco y,
                                                             sin embargo,
                                        mirar [con una felicidad fictica y mentirosa] por esta ventana...

Susurraría a la ventana el tono de verde que ansío ver cada día;
                creer que no hay nada más allá,
                                                             y vivir...

Podría acostumbrarme...

Guiñaría los ojos el día que quisiese alejar el horizonte buscando, tal vez, sólo tal vez, un final mas lejano...
Sonreiría [quedamente] cuando el atardecer fuese tan hermoso que tirase de mí, lejos [hasta  otra ventana, quizás]

Podría acostumbrarme;
           podría acostumbrarme
                      [a casi todo].

Acariciar la mosquitera que cercena los azules en forma de simétricos cuadros absurdos; esperando poder difuminar las líneas asesinas que hacen añicos el infinito...
Cerrar los ojos e imaginar que la noche llega cuando el día duela tanto que ya no lo soporte mas...
Mover la cortina hasta el ángulo preciso en que crease sombras en la nada que asola el exterior;
                                                                        soñar sombras...
                                                                                                 podría acostumbrarme...

                                                                                                                                   Eva López Álvarez



martes, 20 de agosto de 2013

No se muy bien cómo conjugar mi vida;
                                                           si en modo indicativo o subjuntivo,
                                                                                                 quizas.

Qué tiempo verbal debo emplear...
                                      cómo saberlo,
                                                si mis emociones se conjugan en pasado;
                                                si el futuro murió
                                                                [violentamente]
                                                    a manos de un condicional con reminiscencias de chantaje vital.

Cómo leer mi alma en presente si no logro entender si mis labios besan, o [tal vez] besaron o hubieran besado
      si...

cómo llenar este minuto incierto si no se si escribo lo que pienso, lo que anidaba en mis entrañas el día en que se enquistó una palabra en ellas, o lo que me dicta [tirano] el porvenir;

como atar el futuro simple de indicativo al día que el calendario me anuncia venidero, si yo lo veo atado [sempiternamente] al pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo; de tal modo que, en realidad, mañana no sentiré [nada] porque lo hubiera sentido ayer... si me hubieses regalado tu presente...

Y tu... ¿cómo conjugas tus días?

                                                                                                 Eva López Álvarez


[PARA ÁNGEL; para Milagros, Angelines, Mila y todos los que han estado cada segundo allí; regalando amor y vida a manos llenas]



Hay personas que caminan huecas de vida; vacías, yermas de amor.

       Y,
         luego,
                 existe otra clase de personas
                                                           [una rareza]
                                              que no muere nunca...
                                                                   [imposible morir cuando solo se es alma; entrega]

Cuando la muerte se ceba en una piel (tu piel), en una carne (tu carne) y se enreda en cada tejido, en cada pulso, en cada sístole (tu latido desafiante) comprendes que el AMOR no es mas que ese abanico que se mueve, infatigable, a manos de cuantos te rodeaban;

                                                               entiendes que el AMOR no es mas que unas gotas de agua [mucho mas valiosas que cualquier piedra preciosa] llevadas a tu boca con una delicadeza y una entrega capaces de derrocar cualquier barrera; aprendes que el AMOR es regalar sonrisas cuando solo eres llanto;

    [eres LLANTO,  llanto infinito,  llanto a raudales, llanto que asola, que inunda, que mata,  llanto que destroza, que invade, que enajena, que desata, que quema por dentro, llanto que llora sin lágrimas, llanto que te deja huérfano antes que el cuerpo se haya ido, llanto que te rompe, te anula, te vacía, te escuece, llanto que te revienta la fe, te da la vuelta,  llanto que te arranca la piel y te roba parte del alma....]

 
                                                                                                                             Eva López Álvarez





lunes, 19 de agosto de 2013

Puedes ver atardecer en un libro; sumergirte en la página 97 [por ejemplo] que describe uno de esos atardeceres que te mudan la piel, que te desgastan las ganas porque te dejan exhausto. 
                                                                                                    Las letras de tu nombre se barajan aleatoriamente con las del libro, y dejas de ser tu; te dejas invadir por otras letras, te dejas llamar por otro nombre; te dejas arrastrar por los colores vestidos de ocaso, que también pierden su nombre y mudan su piel al atardecer desgranado en esa hoja, viva de tantas vidas, un poco muerta de ti.

Entonces,
             solo entonces,
todo es posible y puedes dejar que el atardecer te arrastre al reverso de tu piel y descubras que el rojo incierto de tu carne es el sol que agoniza; que el azul que inundaba el cielo se vuelve morado; ese morado vivo que se cubre de infinitos matices [desde mortecino verde hasta púrpura llorón], como el hematoma que te reclama acuciante en otro rincón de piel;  pareciese el cielo equimosis inmensa, metáfora viva del infinito herido por la despedida del día...

                                          Suerte que una bruma de grises [humo que exhala tu boca urgente] regala a tu retina una luna incipiente, que abre el telón de tus sueños, que pareciera cubrir de algodón tus heridas, que levanta la persiana al after de tu alma,
                                                alud de deseos por cumplir
                                                                              [eterna lista,
                                                                                               la de tareas pendientes]

                                                                                               Eva López Álvarez