lunes, 30 de diciembre de 2013

Arden los tiempos
                 [están ardiendo; llamarada helada que asola espacios]

La chimenea de los ayeres calcina la memoria intacta
                                                           [caja fuerte de palabras como puñales]; 
     prende los calendarios que ardieron en noches antiguas
                y deja un puñado de cenizas con olor a infancia quemada.

El fuego que incinera el presente asemeja un secundero
             que alimenta su prisa de las horas que sueñas lentas.
                                                                                      Y no hay nada.
                                                                                          No queda nada.
                                                                                          No exime a nadie...

La hoguera implacable del futuro roba amaneceres,
                                                        cercena esperanzas,
                                                                     mutila ilusiones,
                                                                               condena quimeras...

Así... sin tiempo[s] solo quedamos tu y yo...

                                                                                            Eva López Álvarez


domingo, 29 de diciembre de 2013

Para Bea [un guiño del azar...caprichoso]


Un día te paras en seco y tomas conciencia de que ya no recuerdas los colores.
                                                                                           Apenas te habías dado cuenta...

Ese día miras en derredor y el buzón te regala cartas cargadas de semántica gris. 
El camino a la oficina solo es de asfalto: los maceteros parecieran de alquitrán e incluso el otrora verde de los árboles parece hoy una prolongación del tronco, parido a la imagen y semejanza de la acera que pisas cada día.
En tu trabajo todo parece haberse mimetizado con el color de la costumbre [marrón] e incluso las voces de tus compañeros parecieran emitir palabras oscuras, difuminadas en esa paleta infinita de grises.

El cielo... bañado en el sempiterno color: negro borrado a manos del tedio. 
El sol... extinto; escondido; huido; rendido al frío y la humedad que anilla tu pelo y entumece tus manos.

Pero todo ello se sucede en gris hasta el preciso instante en que decides sonreirle al mundo...
        es ese momento en que miras en derredor y tu sonrisa diáfana, abierta, expuesta, desnuda y franca devuelve a tus ojos el verde vivo, vivificante y vital; 
el azul inmenso que invade, que estalla en una metralla de sueños venideros preñados de futuro;
el amarillo infinito que ahuyenta los monstruos vestidos de ayeres;
el rosa que tiñe tus arterias, que hace un fresco en la bóveda de tu memoria;
el rojo que abandona todo atisbo de sangre para ser huella dactilar del deseo;
el púrpura que viste cada quimera olvidada a manos del tiempo...

Y guardas el instante [mágico]
                                   fotograma imborrable en tu retina.

Para cuando las palabras parecen punzantes;
        para cuando el calendario parece reírse de tí;
                para cuando las emociones parecen haberse aliado con la costumbre y pesan;
                        para cuando hoy tiene el mismo sabor que el ayer que quisiste dejar atrás...

Recuerda: tu retina es varita mágica que te hace un nudo en las tripas como cuando tienes quince años y las mariposas pueblan tu estómago...
Recuerda: imprime ese fotograma: vuelve la piel del revés... 
Regálaselo al mundo... tu sonrisa invade de colores el asfalto gris...


                                                                      Eva López Álvarez


Prendamos la noche;
                      una bombilla por cada deseo
                                                          [luciérnagas de piel incandescente]

Abrigo de escarcha la niebla que emborrona contornos,
                                                     que desdibuja tus límites,
                                                            que ahuyenta soledades
                                                                                  [ceniza y espinas]


Sin suelo que te recuerde quién eres.
Sin paredes que se conviertan en mentiras.
Sin techo
      [como lo eterno]
                      al menos este instante...

                                                                                         Eva López Álvarez




Catálogo de ausencias

Para AMPARO, para que siga llamando a los duendes, para que siga irradiando magia...

Según lo que necesitase imperiosamente sólo veía una u otra cosa...

Cuando se sentía especialmente invisible sólo buscaba ansiosa en los ojos de la gente...

En su Alma [tornada archivo histórico de sentimientos] tenía una valiosísima colección de ojos, tan iguales y tan diferentes entre sí; y cada par de ojos venía debidamente asociado y catalogado con una mirada única, que, por uno u otro motivo, logró traspasar su cuerpo y pasar a formar parte de aquel extenso e inacabado catálogo de ausencias...

La "O" de ojos de su histórico de sentimientos era un documentado registro repleto de miradas que un día estuvieron vivas: había una buena colección de ojos marrones (la mayoría) pero no eran sólo "ojos marrones": los había color avellana, con una dulzura y una candidez que en su día le arañaron la piel y lograron traspasarla; también los había color miel y todavía irradiaban casi la misma luz que aquel día de otoño en que los guardó para siempre y que le aportó una calidez que logró reconfortar su frío; otros eran de un marrón intenso que casi podría parecer negro; pero a ella no la engañaban (era una experta en matices; su vida se había forjado a base de pequeños matices) eran marrones, como también eran arrogantes: de ahí la titánica fuerza que desprendían y que penetró visceral por su ombligo enredándose en sus entrañas y traspasando barreras hasta quedar tatuados en su ordenada consciencia.

También había hueco para unas cuantas miradas de color azul; pero también es ésta una somera definición; ella retrotraía al instante una mirada color azul como el mar, un azul transparente que parecía exhibir impúdico sentimientos acuosos que lograron emocionarla un día. Otros eran azul océano (que no es lo mismo) y su azul era vibrante, más enérgico y parecieran tener un límite en relieve que enmarcaba de misterio cuanto recogían del entorno; fue ese aire enigmático y misterioso el que atrajo tanto su atención que sintió cómo se paseaba insolente por su espina dorsal y se posaba osado en su nuca y ... no fue capaz de dejarlos escapar convirtiéndolos en uno más de sus secretos tesoros.

Otros eran de un azul grisáceo que les confería un aire nostálgico (que tal vez no era real) capaz de aflorar en ella una compasión y una cercanía que bien valía un "huequecito" en su memoria.

Luego estaban los ojos verdes (había visto muy pocos en su vida) y casi siempre se acompañaban de rostros raciales y puros que desafiaban a la cotidianeidad...

Y también los negros... apenas si poseía dos o tres de éstos ojos negros que, tal vez por lo profundo, le produjeron un escalofrío que anidó un tiempo en su estómago antes de pasar al archivo definitivo.

Hubo a lo largo de sus días y sobre todo a lo largo de sus noches, otros momentos [muchos] en los que no era su "invisibilidad" lo que le preocupaba. Fueron momentos en los que necesitaba de una caricia tanto como del agua o del aire... En esos días sólo veía manos, así que añadió en su archivo un registro, debidamente etiquetado con la "M", repleto de manos...

Guardaba constancia de aquellas manos huesudas y ágiles, fibrosas, de marcadas venas que le parecieron tan místicas que, paradójicamente, le produjeron un sentimiento absolutamente físico de un deseo inmenso por una caricia suya. Pensó que unas manos tan “espirituales” sólo podían regalar gestos puros, nobles, desprendidos… como si las venas que las recorrían irrigasen de paz cuanto tocaban…[Nunca llegó a comprobarlo].


Había hueco para otras manos, absolutamente femeninas ( pero que había requisado tanto de cuerpos masculinos como femeninos), longitudinales que no flacas, rosadas que no pálidas, de largos dedos como esculpidos con precisión propia de un maestro del cincel. Eran “manos de virgen” como ella las llamaba porque eran iguales a las típicas de la imaginería religiosa. Cuando las contemplaba no podía evitar cerrar las suyas y apretar los puños, lo que hacía que se amoratasen acomplejándola todavía más. (Sus manos nunca le habían gustado, eran manos a secas, no le parecían especiales ni le inspiraban ningún sentimiento más que el puramente pragmático de coger cosas). Veía en esas manos algo angelical, algo que sobrepasaba lo meramente corpóreo y no podía evitar sentir verdadera curiosidad por cómo se comportarían esas manos en situaciones tan cotidianas como fregar los platos o arreglar la tierra de las macetas o limpiar el inodoro ¿¿??

Luego veía otras manos que le parecían “infantiles”. Guardó con verdadero primor algunos registros de niños pequeños mirando y descubriendo con regocijo y curiosidad sus manitas [todavía torpes] y sus movimientos; las miraban como si fuesen algo ajeno, como si tuviesen vida propia y esa fascinación quedó para siempre en su memoria, en la “M” de manos con un amplio registro que se llenó de manos redonditas, con pequeños dedos y grandes gestos y una dualidad maravillosa destreza-torpeza…

Con el tiempo observó que ese patrón de “manos infantiles” no era exclusivo de cuerpos infantiles. Puedo contemplar ciertamente maravillada algunas de estas manos en brazos y cuerpos adultos y le encantaba divagar imaginando en qué momento de sus vidas una parte de ellos quedó atada para siempre a la infancia…

Y luego había estudiado otras manos (como las suyas) que le parecían un mero instrumento y, si bien recordaba algunas, no se trataba de un registro en detalle…Entre ellas las había anchas y de dedos cortos, o también otras que siempre parecieran acabar de hacer un esfuerzo ímprobo (tal vez, vivir ya era un esfuerzo para el dueño de aquellas manos…)


En otros momentos de su vida necesitaba imperiosamente de las palabras, palabras y más palabras…. Palabras pronunciadas sólo para ella, únicas, que la arropasen, la reconfortasen, la meciesen en el silencio sordo de aquellos días.

Y, claro está, a lo largo de estos periodos de “vacío semántico” sólo veía bocas…

De modo que, como ya venía siendo parte de su rutina, abrió un nuevo registro, esta vez con la letra “B” que se fue llenando, día a día, de bocas y bocas y más bocas…

Sus ojos, distraídos para con todo, se posaban absortos en cada boca que se cruzaba en su quehacer diario. Escudriñaba con avidez la boca del cajero del supermercado por más que éste sólo emitiese mecánicos “buenos días, señora” (no recordaba, en cambio, el día en que la llamaron señora por primera vez).

Con igual obsesión contemplaba la boca de la empleada del banco que, periódicamente, le actualizaba la libreta; o la boca de cada uno de sus compañeros de trabajo, …

Guardó, celosamente, algunas de ellas y soñaba en cada noche de eco sordo y cínico que aquella boca roja, carnosa y perfectamente dibujada le regalaba una palabra capaz de devolverla al mundo. O que aquella otra boca de labios finos como cuchillos, como escondidos con timidez en el resto de su rostro eran los dueños de las palabras [mágicas como conjuros] que habrían de liarse, como hiedra en primavera, a su alma sedienta; ocre y marrón como “gasones” secos de tierra en tiempos de sequía…

Pasaron muchos días y memorízó muchas bocas antes de darse cuenta de que no eran ellas las que realmente importaban… aquellos labios celosamente custodiados en su memoria eran meros instrumentos; lo realmente importante era la voz que emanaba de ellos…

Precisó más de un desengaño, pero el vacío que le produjeron aquellas hermosas bocas que no le decían nada la llevó a comenzar un doctorado en voces, tonos de voz, timbres de voz, matices de voz… que llenaron de imágenes sonoras la “V” de voz…



Más tarde llegó el anhelo de unos brazos que la envolviesen como lianas; y, más tarde, vinieron otros desconsuelos y otros cuantos más…, de modo que aquel particular “archivo histórico de sentimientos” precisaría de una vida entera para contarse…

Esa mañana se despertó confusa… se sentía desbordada, perdida en un bosque de recuerdos enmarañados cuyas ramas [pese a su hermosura] ya no le dejaban atisbar siquiera un centímetro de luz.

Presa de la angustia, y por primera vez en años, sintió conciencia de sí misma y corrió al baño a encontrarse…

Pero el espejo le devolvió un montón de profundos surcos que desdibujaban cuanto recordaba de sí misma, que escondían sus ojos, apagados y tristes, y desfiguraban su boca, todavía sedienta…

La vida se le había ido buscando unos ojos que la miraran, unas manos que la acariciaran, una boca que la llamara.







Se le olvidó sentir.

                             Se le olvidó vivir.



                                                                                                                                 Eva López Álvarez

viernes, 27 de diciembre de 2013

Tal vez la autopsia de toda pasión [muerta] determine que los besos solo hay que soñarlos; que la piel solo hay que imaginarla; que las manos solo hay que desearlas.

Tal vez el bisturí [afilado como las esquinas de ayer] encuentre el milímetro exacto en que tu corazón dejó de arrugarse al contacto de mis labios, la célula precisa en que tu estómago dejó de encogerse al contacto de mi piel [expuesta como manos hacia arriba].

Tal vez el análisis toxicológico sea capaz de discriminar la composición biológica de mi saliva ayer, de mi saliva hoy, y averiguar así por qué dejo de bombear tu sangre al dibujar con mi saliva el mapa de tus sueños en tu espalda.

Tal vez se enquistó una palabra;
                                      metástasis del cáncer del olvido.

La quimioterapia [salvaje deseo yermo] no funcionó;
     la radioterapia se llevó las huellas dactilares de mis dedos que quedaban en tu piel...

                                                                                        Eva López Álvarez


                                                                

jueves, 26 de diciembre de 2013

Que no te quede una sola palabra por decir[me]
                                                     [por susurrar al oído
                                                      por gritar a los cuatro vientos]
       que nada ponga freno a un verso...
             que jamás se enrede en el olvido
                    que no lo engullan los silencios.

Que no se enquiste una sola palabra en la comisura de la boca,
        que no te atragante al son de las campanadas que anuncian otro enero
                                                                                       [un nuevo principio]

Regala[me] las que te sobran,
                    lánzalas: metralla emocional;
                                   déjate volar
                                   suelta las amarras implacables de la palabra que te pesa en el alma...


                                                                                                                 Eva López Álvarez


lunes, 23 de diciembre de 2013


Reinventando a Blancanieves...

Supongamos que Blancanieves jamás encontró a nadie. Jamás pudo compartir un plato de comida; un amanecer; una mota de desconsuelo. Imaginemos que la Soledad la atropelló: anegó su alma de pequeñas soledades; siete, tal vez...

Juguemos a fantasear con que encontró, un golpe de suerte, siete libros que adormecían su[s] soledad[es]...

Pero... la atropelló el destino [cabrón]. Llegó en forma de manzana emponzoñada vistiéndola de SILENCIO[s] atroz[ces]

..."Llorar en negro"
                      [de cómo las lágrimas emborronaron el rímel a Blancanieves]...

                                                                                                           Eva López Álvarez



domingo, 22 de diciembre de 2013



Alrededor de los ojos de la madre el tiempo había dibujado ya tantos surcos como caminos se abrían a la que, hasta hacía un instante, era una niña; su niña.

Todos los años diciembre olía a frío extinto a manos de estufas que significan hogar, de braseros redondos como el mundo que convierten una mesa camilla en un universo, de misericordiosos radiadores que emanan calor como por arte de birlibirloque;
         
                                                                                               y todos los años traía diciembre ese saquito de preguntas cargadas de futuro paridas de la necesidad [avidez] por saber de aquella cría vestida de varitas mágicas.

Aquel año diciembre llegó con un color distinto; un aroma diferente; un frío que no terminaba de extinguirse, de ahogarse, de rendirse al brasero, ni a la estufa, ni a la lumbre mágica de la chimenea, ni al radiador...
Le pesaban aquellas líneas de expresión que fueron un día y que hoy eran auténticos caballones donde acequias de lágrimas acamparon durante años. Su niña era la que hoy la miraba sabiendo que, de un momento a otro, aquella mujer, la MADRE, SU madre, rompería el cómodo silencio con una pregunta; y su intuición le decía que aquella pregunta era la que durante muchos años ella planteaba cada diciembre.
                         Uno tras otro.
                                              Todos.


La que fue niña hacía tiempo se recordaba a sí misma preguntando impaciente:

- Mamá, ¿en qué se nota que es Navidad?

Y recordaba cómo se impacientaban sus manos si una respuesta satisfactoria tardaba mas de esa eternidad infantil que ocupa un segundo.

- Mamá, ¿qué es la Navidad? - preguntaba mientras sus ojos se quedaban, literalmente, pegados en los adornos de la Plaza Mayor.

- Mamá, ¿somos distintos en Navidad?. ¿Por qué todo el mundo se sonríe, incluso los que el día de antes se miraban como enfadados entre ellos; enfadados con el mundo??

Se deshacían las calles a su paso mientras la que ayer era una  cría se sentía un poco madre de la madre. Y, la que fue niña hacía tiempo, comenzaba a inquietarse [como lo hacía su madre tiempo atrás, cada diciembre entrante] porque sabía, SABÍA, que no bastaba cualquier respuesta. 

Todo se detuvo entonces. La que fue niña hacía tiempo alimentaba su sonrisa de las lágrimas que no podían brotarle buscando la respuesta a la incipiente pregunta [los ojos de la madre estaban preñados de aquella pregunta sempiterna vestida de diciembre].
Suspiró; siguió sonriendo con esa ternura inconfundible de las lágrimas mudas...El tiempo - se dijo a sí misma...

El tiempo arranca la semántica a la palabra madre - lloraba en silencio, mientras le sonreía a la madre. El tiempo vacía un poco las almas de sus recuerdos cuando pesan demasiado. El tiempo ralentiza la sangre. El tiempo es una burbuja inmensa que se cuela por entre la tela de araña de dendritas y axones que perdieron la brújula un instante atrás.

Pareciera que un resorte secreto, escondido en las calles vestidas de fiesta, activó de nuevo los pies de la madre. Avanzaban sus manos y aumentaba la presión de la mano de la madre en el brazo que la sustentaba, el brazo de la que ayer era una cría, su niña.

- Hija...

Y se detuvo el mundo entero. Se intercambiaron los polos. Se hizo de noche bajo su piel.

- Hija... ¿Qué es la Navidad?

Y el mundo seguía quieto.  Anegados de tristeza océanos y mares. Secos de pena sus ojos.
La presión en su brazo aumentaba insaciable de respuestas. La que ayer era una niña, su niña, veía en los ojos de la madre su propia impaciencia, su propia necesidad de saber, su propia necesidad de escuchar la palabra justa....

- Hija... ¿Qué es la Navidad?

Duelen las lágrimas cuando brotan adentro. Escuecen a su paso el reverso de la piel. Cuando amas con lo mas profundo del alma lloras hacia dentro. Para no herir a los que quieres. Pero cada lágrima deja una quemadura certera y atroz por dentro. Un libro infinito de tristezas la piel llorada  en silencio.

- Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es...

Tiempo quieto.
                       Tiempo inmóvil.
                                                Tiempo estanco.
Acurrucada la eternidad en la palma de la mano.

Y los ojos de su madre, vacíos de la semántica de madre, espejos de una niñez emborronada.

- Mamá; mama!!!. Mami!!! la Navidad es... La Navidad es una mentira, mamá.

La madre pareció sumirse en una tristeza inesperada.

- Mamá, espera, escúchame!! Es LA MENTIRA que solo es capaz de inventar una madre, tú mamá, para explicar lo inexplicable, mamá. Es la mentira de tu sonrisa año tras año que alimentaba mi dicha, mi ilusión, mi fé, mi confianza. Es el amor que subyace a esa mentira, mamá.
La Navidad es el amor que encerraba tu mentira cada año. El amor inmenso que se tragaba las realidades para alimentar quimeras. El sacrificio que subyace a esa mentira, mamá.

Una chispa unió los puntos cardinales de aquel amasijo de dendritas y axones que perdieron su brújula. Y recordó, lo que dura una mentira, tantas navidades de color carmín; soterrada ceniza.

- Eso es la Navidad, hija. Gracias. Te mentiría mil veces mas, ¿sabes?

La música omnipresente volvió a difuminar aquellos puntos cardinales. Los ojos se apagaron de nuevo. La última lágrima escoció mas que ninguna.

Continuaron su paseo; la madre y la que hace años fué su niña. Eso era la navidad....


                                                                                         Eva López Álvarez


jueves, 19 de diciembre de 2013

No se qué ponerme hoy.

Si vestirme de tripas
                       [concupiscencia de pasos rojos]
                                y besarte

                                        [salvaje].

Si ceñir cada curva con el tejido elástico de los músculos
                       y abrazarte

                         [liana invisible celadora de saltos sin red].


Si vestirme de huesos...
                        columna vertebral que sirva de soporte a tus sueños,
                        coxis que sirva de hogar a tus deseos,
                        omóplatos que algún día sean tu almohada.

Si cubrirme solo de carne,
                       [muslo, vientre] abrigo de tu soledad;
                                                 manta para tu desconsuelo.

Si ser solo piel...
                 invitarte a ser cartógrafo;
                               a que recrees cada tacto que sueñas en cada milímetro de mi indumentaria...


No sé qué ponerme hoy... 

                                     y mi alma tiene frío.

                                                                                                                       Eva López Álvarez


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Su interior estaba lleno a rebosar.
                                         Lágrimas con la paleta cromática de todas las emociones guardadas desde tanto tiempo atrás.

Tan lleno estaba que la lágrima que habría de colmar el vaso no llegaba nunca; temerosa, quizás, del torrente incontrolable e inconmensurable que habría de llegar. Liberado, habría de anegar las canaleras que llevaban su sangre de su cabeza a sus pies empujándola a caminar. Liberado, habría de anegar los pulmones que movían su pecho en un instinto visceral por sobrevivir. Liberado, habría de invadir conductos lacrimales creando una catarata de adioses sin dique capaz de controlarlo. Liberado, habría de asolar el manto de su piel, dejando una alfombra de cuero blanquecino y salado.

Ginebra lo sabía. Por eso contenía sus lágrimas; como los brazos de una madre que nunca, nunca, jamás sueltan; jamás desatan el nudo invisible que sujeta los brazos de sus hijos.

La calle para ella era el mundo entero, ajeno y paralelo al micromundo que había cartografiado y señalizado bajo su dermis. Se sentía extranjera en cada esquina, en cada farola, en cada paso de cebra, en cada tiendecita a la que las necesidades perentorias la conducían cada día: en la panadería activaba el automático y sus labios hablaban mientras su mente se cerraba un poco más. Al cruzar el umbral con su bolsa del pan en la mano se sorprendía a sí misma, incapaz de recordar lo que su boca había pronunciado, segundos atrás, vivos todavía en el minutero.

Pero le gustaba observar ese mundo que se conducía en paralelo. Cómo miraban el resto de ojos; cómo caminaban el resto de pies; cómo gesticulaban en resto de manos, improvisado guiñol de guión vivo.

La esquina de una callecita estrecha y gris le puso ante los ojos un coche que se movía incierto y lento (como las noches, tan llenas de tantas horas). Se movía hacia ella tan lento como la chica que conducía lloraba. Aquello hizo que su corazón diera un vuelco. Que su sangre y su respiración y su aliento se hiciesen de hormigón. Que sus palabras se aunaran (imán invisible) para lanzar un grito: un grito tal vez sordo, un grito tal vez mudo. Un grito que hubiese sido capaz de frenar un tren de alta velocidad en décimas de segundo.

El coche se paró frente a ella.

Ginebra le indicó que bajase la ventanilla. Con urgencia. Con esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones.

Con la misma urgencia. Esa urgencia del deseo, libre de fronteras, libre de excusas, libre de razones, la chica de la lágrima incierta y lenta, la chica del coche gris, bajó la ventanilla sin sorpresa, sin preguntas.

El epicentro se situó en la comisura de la boca de la chica de la lágrima incierta y lenta, la del coche gris. Cuando su lágrima incierta y lenta alcanzó la comisura de su boca, vértica de sus labios, el caudar contenido bajo la piel de Ginebra se desbordó; se desplomó el umbral; se emborronaron las barreras; rebosó el pantano [cenagoso y con olor a viejo].

Ginebra se deshizo. Solo eran lágrimas: lágrimas de color púrpura, grises, negras, verdes; lágrimas azules; lágrimas ligeras, livianas, muy líquidas y lágrimas densas como alquitrán; lágrimas infinitesimales y lágrimas que pesaban; lágrimas con olor a invierno y lágrimas de agostos evaporados a manos de  los silencios. Lágrimas pegadas como las palomitas dulces y lágrimas con sabor a mar y olor a quimera. Lágrimas de mañana y de tarde; de amanecer y de ocaso. Ginebra se deshizo.

La chica de la lágrima incierta y lenta bajó del coche gris con su lágrima caminando lenta por su clavícula y se abrazó a Ginebra en un nudo inmenso, un nudo salvaje, un nudo indisoluble.

- ¿Por qué lloras? - preguntó la chica de la lágrima incierta y lenta a Ginebra

- Porque tengo que llorarlo todo. Porque todas las emociones que caben en mi estómago se tiñeron del color del fracaso y tengo que llorarlas. Todas. La alegría se tiñó del color de la soledad. La ilusión se tiñó del color del abandono. La confianza se tiñó del color del desengaño. El amor se tiñó del color del desamor. Y tengo que llorarlo todo antes de que me ahoge por dentro. Tengo que llorarlo todo, ¿entiendes?

Un silencio húmedo y salado les devolvió el aliento.

- ¿Y tú por qué lloras? - inquirió Ginebra a la chica de la lágrima incierta y lenta.

-Porque no tengo nada que llorar. Porque mi vida es un electroencefalograma plano. Porque no tengo emociones en mi estómago. Porque jamás sentí una alegría que pudiese teñirse de otro color. Porque jamás sentí una ilusión que pudiese desbaratarse. Porque nunca confié en nadie [nadie me ofreció eso tan hermoso]. Porque no tengo ningún amor que llorar. Porque no tengo nada que llorar....¿entiendes?

Entiendo - dijo Ginebra.

Un silencio húmedo y salado les regaló una emoción que todavía no se había teñido de ningún otro sentimiento: les regaló una suerte de complicidad que les arrancó de cuajo una sonrisa.

Deberíamos quedar, de cuando en cuando, a llorarlo todo, a llorar mis nadas. Intercambiaron sus teléfonos y con la última lágrima se despidieron.

-  Nos vemos en el próximo llanto...

                                                                                      Eva López Álvarez


domingo, 15 de diciembre de 2013


Vestida de pasos de baile;
                          los ojos aparcados en el cristal de la ventana.

Abierta la cintura de par en par;
                          doloridos los pies a manos de la espera; punzante.

Un lienzo en la espalda;
     una promesa en el cuello;
          espuma de mar, la falda;
              puntos cardinales del tiempo... los pies, las manos;
                 custodio del deseo desnudo, el carmín púrpura;
                    las retinas dos alas rotas...

                                                                                
                                                                                             Eva López Álvarez


viernes, 13 de diciembre de 2013

Bésame hasta que me duela;
                                    prefiero la herida
                                                     [pupa visible; vivo rojo]
                                                  al dolor
                                                          [presente continuo escrito en negro invisible].

Bésame hasta que me extinga,
                                    [maraña inconclusa de huidas].

Bésame hasta hacer de mi boca una brújula que mire al norte;
                                     de la boca de mi estómago un nudo que cierre todas las ventanas;
                                          del vértice de mi ombligo sedal de tu deseo,
                                                                                             anclaje para mi huida infinita...

Bésame hasta que en el calendario sea primavera,
                      hasta arrancar el frío,
                                                 la escarcha,
                                                     el duelo.

Bésame hasta que no quede nada.
              Hasta que se mueran las ganas.



                                                                                  Eva López Álvarez



                                                                                             
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 Eva López Álvarez


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Le faltaba el oxígeno.
                     Se asfixiaba.
                          Cuanto más respiraba más se apretaba ese nudo que empequeñecía sus pulmones; los que no fumaban mas que el humo tóxico y desolador de las decepciones...

Y seguía respirando,
               bucle infinito de supervivencia y agónica tortura.
                                                                    Se dejaba morir en cada inspiración...

Hasta que se cansó de dejarse morir a manos de aquel oxígeno tóxico que convertía su sangre en adoquines grises como los de las aceras, limados, desgastados, romos de tanto pisarse, pisarse, pisarse...

Decidió buscar su propio oxígeno.
                                         Mortal para otros tal vez; no para ella.
Le dió la vuelta a su piel. Le dió la vuelta a su alma [la puso del revés]. Le dió la vuelta a los colores del amanecer. Le dió la vuelta al rumbo de sus pasos.

Te ahogarás; le gritaban.

Se llevó su cuadro [torcido por las casualidades]. El silloncito que convertía la ventana de su dormitorio en acceso directo a Nunca Jamás. La lámpara de cuentas de cristal negro [lágrimas lloradas en negro]. El esperjo que le recordaba quién era. La pequeña luz que dejaba encendida de noche para que apagase la luz hiriente que acompaña a los miedos.

Y le dió la vuelta a su piel...

                                                                                       Eva López Álvarez



lunes, 9 de diciembre de 2013

Atesoraba montones de años.
Su piel lo contaba;
                 pareciera corteza de árbol viejo su piel
                                        [idénticos círculos concéntricos; como almanaques vivos
                                                                                                      mudos testigos]

No tenía mas que eso: montones de años.

Una silla (solo tengo un culo, se sonreía insolente con el destino).

Un camastro (nunca he sido de amores mas largos que una noche, se sonreía de nuevo, osado con el azar).

Una taza de café que usaba para el vino, para el agua, para el café (se sonreía cada vez que cogía su taza, mellada como él; esportillada como sus uñas a manos del tiempo; descolorida como su pelo)

Un hornillo y un tesoro, la caja de cerillas. (¿Quién necesita magia teniendo una cerilla?)

Un retrete; un lavabo; una muda (solo tengo un cuerpo, volvía a reir con el descaro del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que no le importa un carajo la parca)

Durante mas años de los que recordaba no le sobraba ni una colilla al mes; ni una moneda; ni una galleta... A veces, ni una cerilla (era lo que mas le dolía). Pero durante esos años coleccionaba pequeñas losetas de porcelana, de esas con las que se ponen absurdos nombres a las "fincas de alcurnia". Renunciaba a otro paquete de galletas, o a unos calcetines libres de agujeros por reunir las monedas precisas para comprar otra pequeña pieza.

Tardó tanto en reunirlas que las letras parecieran anárquicas, sin sentido alguno, huecas...

Cuando compró la última recordó la emoción inmensa que se siente al llorar. Tanto tiempo secos los lagrimales que las lágrimas brotaban con olor a robín....
Había guardado, con esmero de padre primerizo, un saquito de cemento y una espátula que encontró en un contenedor.

Colocó, con ese esmero que solo cabe cuando la espera ha sido larga y atroz, cada pieza, cada letra... comprimía con la presión justa para que se mantuviese en su lugar mientras se secaba...

Cuando terminó, su alma se hizo tangible y empujó huesos, corazón, piel hasta salir de su cuerpo y apoyarse en la barandilla para contemplar[se].

Ese era él; esa era su alma:

"El hombre que baila sobre un volcán"

Una carcajada invadió el aire. Se fumó un cigarro allí, sentado, con la eternidad en un bolsillo y la muerte rondándole en el otro.

- Cuando quieras nos vamos - le dijo con aquella osadía del que no teme a nada; del que se conoce; del que está tan vivo que le importa una mierda morirse...

Yo ya estoy aquí; para siempre. Bailando sobre un volcán.


                                                                                        Eva López Álvarez


domingo, 8 de diciembre de 2013


Toda la vida cabe en un segundo.
                                     
                                       Empápame el alma, amor, de todo el aliento que cabe en este segundo; de todo el amor que cabe en ese segundo; del tiempo quieto que cabe en este segundo; eterno.

                                       Empápame la piel, amor, de todo el tacto que cabe en este segundo; de todo el deseo, urgente, que cabe en este segundo.

                                       Empápame los silencios, amor, de todas las palabras que caben en este segundo; de todos los versos que caben en este segundo.

                                       Empápame los ayeres;
                                                          destierra los mañanas en este segundo que ya muere, amor.

                                                                                                            
      
                                                                                                                           Eva López Álvarez



viernes, 6 de diciembre de 2013

Susúrrame palabras.
                 Busca el extremo del ovillo de palabras que desencripta el reverso de mi piel.
                                                                                                                  Y dale la vuelta.

Susúrrame las palabras.
                       Las que abren las puertas de mi boca,
                                                                           férreo custodio de los versos que guardo;
                                                                                                                   eterna espera...

Susúrrame silencios.
                  Los que guardan la llave de mi casa;
                                                              [mis manos, pared;
                                                               mis piernas, cimientos;
                                                               mi vientre, colchón]

                                                                                                Eva López Álvarez


                                                              

miércoles, 4 de diciembre de 2013




Paul planchaba sus blancas camisas con enfermiza pulcritud y precisión.

         La americana de Paul era un homenaje al corte perfecto, perfecta hechura.

                   Inmaculados; brillo azabache sus zapatos cada mañana. Todas las mañanas.

Se dejaba ayudar.
                            Tenía una chica que limpiaba su apartamento dos días por semana y un tercero le hacía la compra y le planchaba. Nunca las camisas. Ella se dejaba llevar por ese punto de normalidad que el consideraba inaceptable. Así, pues, ella vaciaba el cesto de la plancha cada jueves (era el día destinado a esta tarea; así constaba en la agenda de Paul) pero… apartaba cuidadosamente y con esmero las camisas, camisas blancas, que Paul plancharía con la precisión de un cirujano siguiendo la línea marcada con su bisturí (afilado como el amanecer)



Pero no lograba Paul planchar las arrugas que asolaban su memoria. Arrugada la piel de su memoria no lograba encajar las piezas que le permitieran seguir adelante.

Se alimentaba su ansiedad cada día de aquel amasijo arrugado de ayeres. Se engordaba su miedo, cada día, de aquel otro nudo arrugado de futuro incierto.

Sintió terror cuando creyó ver una arruga próxima al cuello de su camisa; su camisa blanca.

- Suerte la corbata (pensó Paul). Bastará apretarla un poquito cerca de la arruga.

No supo calcular el esfuerzo.

                                             Apretó demasiado.

Me contaron ayer la historia de Paul, mientras planchaba…



                                                                                                     Eva López Álvarez